Palabra Pública N°37 abril - mayo 2026 - Universidad de Chile
H ay una pregunta que últimamente recibo con frecuencia y que me resulta difícil de res- ponder: ¿hacia dónde va el mundo? A veces pienso que nuestra situación se parece a la de navegantes que avanzan en la noche. Sabemos que nos movemos, que tomamos decisiones y que reaccionamos a tormentas inesperadas. Pero el horizonte es oscuro y las referencias son escasas. Esa sensación no es solo una im- presión subjetiva. Tiene que ver con la forma en que hoy se ordena —o se desordena— el mundo. Vivimos expuestos a una sucesión casi ininterrumpida de crisis, guerras, elecciones decisivas, disputas comerciales y advertencias sobre el cambio climático. Enunmismo día po- demos leer sobreofensivasmilitares enEuropa, bombardeos enMedioOriente, tensiones enAsia o nuevas sanciones eco- nómicas entre grandes potencias. Nunca antes habíamos tenido tanta información disponible sobre lo que ocurre en el mundo. Sin embargo, esa abundancia de datos no necesa- riamente se traduce en una mayor comprensión; más bien, nos abruma y se convierte en desorientación. Durante un tiempo relativamente breve —sobre todo en las décadas que siguieron al fin de la Guerra Fría—, el sistema internacional parecía más legible. Estados Unidos ocupaba una posición dominante y sin competidores a la vista. Bajo esa hegemonía, las instituciones internaciona- les —como Naciones Unidas— parecían funcionar como espacios relativamente efectivos de coordinación, y la glo- balización económica avanzaba en una dirección clara. Ese período generó la impresión de que el mundo tenía un rumbo, incluso si ese rumbo era discutido o resistido. No es casual que en esos años se escribiera un libro titulado El fin de la historia —de Francis Fukuyama—, que planteaba que la democracia liberal y el libre comercio se consolidaban como los estándares hacia los que tendería el sistema in- ternacional. Visto en perspectiva, ese diagnóstico se parece menos a una conclusión definitiva y más a una ilusión de estabilidad: lo que parecía el final de la serie era apenas el cierre de una temporada. Hoy esa sensación de orden se ha esfumado. La posición dominante de Estados Unidos en el escenario mundial se ha debilitado sin ser reemplazada por un nuevo centro de gravedad capaz de ordenar el conjunto. El poder se ha fragmentado, la rivalidad entre potencias ha regresado y las reglas son más frágiles. No estamos simplemente ante un mundo más conflictivo, sino ante un mundo más difí- cil de gobernar. Pero la transformación no es solo política. También es económica. Desde mediados de los años ochenta, la globalización redistribuyó riquezas y expectativas entre re- giones. Mientras amplios sectores en Asia experimentaron un crecimiento sostenido, muchas sociedades occidentales —comoEstadosUnidos ovarios países deEuropa—comen- zaron a enfrentar estancamiento económico y crecientes niveles de malestar político. La economía mundial no solo integró mercados; también alteró estructuralmente quién gana, quién pierde y quién puede esperar un futuro mejor. columna navegar en lanoche El mundo que conocíamos, con sus jerarquías re- lativamente claras y sus promesas de progreso, ya no existe. Buena parte del debate público continúa operando con marcos hereda- dos del siglo xx, como si el entor- no internacional fuera el mismo de hace treinta años. Y cuando las herramientas no se ajustan a la realidad que buscan explicar, la desorientación se profundiza. federico rojas de galarreta Académico del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile. Doctor en Ciencia Política por la Pontificia Universidad Católica de Chile. 38
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