Palabra Pública N°37 abril - mayo 2026 - Universidad de Chile
olvido y cuánto por el abandono. Esto obligaba naturalmente a vérselas con el pasado, luchando contra éste para que no se tragara el presente y dándo- le una posibilidad, a la vez, a través de los sucedáneos que nacían de las alqui- mias con los demás. Así como era propio de los pre- sagios y las artes adivinatorias demarcar el terreno en que debían ex- plorarse las profecías, donde el futuro era a tal punto el final de todo que poco a poco nadie quiso saber más del asunto —como según Cicerón había empezado a ocurrir ya en su época—, fue tiempo más tarde el pasado el te- rreno en que las personas empezaron a buscar lo que les era común. Com- partían las sensaciones sin forma de las que cada quien era un despren- dimiento singular, pero también la dificultad para transmitirlas sin corromperlas. Por eso, la confianza depositada en una figura tan imprecisa como el lenguaje, desconsiderado por naturaleza con la materiali- dad sentida, se convirtió en la manera colectiva de cons- truir el tiempo en el que se desarrollaban todos los acon- tecimientos, incluidos losmás nimios y personales. El malestar de la experien- cia vivida e inmóvil en la circulación del lenguaje, similar a la que sufren lo real o lo indescriptible en el espacio de la realidad simbólica, era un indicio de que en la vida que construíamos con los otros siempre echábamos algo de menos. Se acostumbraba a percibirlo como una falta sin remedio, ya que tras difuminarse reaparecía, como lo ha- cían los espectros quemerodeaban por las aldeas, cambiando de turno y con distintos rostros y vestimentas. El uso público de la palabra, como el amor, que Spinoza definió magis- tralmente como “una dicha interna acompañada por la idea de una causa externa”, nació de una necesidad des- esperada por poner paliativos a estas faltas y malestares. El lenguaje no las suturaba, pero hacía que se las sintiera como una desgracia compartida, que no nos era exclusiva. Palabra pública, en este sentido, era el nombre para la superficie común sobre la que se desplegaban estas sensaciones y pen- samientos desencontrados. Nada de esto guardaba el más mí- nimo vínculo con el futuro, apenas con el porvenir, donde el pasado es- taba presente en virtud de que estaba perdido y solo podía asomar, en cir- cunstancias así, en algo que sentíamos como nuestro y que, sin embargo, nos era impropio. Esta búsqueda de lo per- dido en común con el otro habla de un experimento que parece haber acaba- do, por razones interminables, ligadas a unasmetamorfosis para las que cada quien cuenta hoy con un sinfín de in- terpretaciones, a ratos tan abundantes y abrumadoras que dan ganas de ig- norarlo todo. La consecuencia de esta solidaridad vencida no es que no haya futuro, sino más bien la sensación de que el futuro es lo único que existe. Es como si, de manera imprevista, lo real se hubiera devorado toda la reali- dad y la sensación de la falta hubiera saltado en pedazos por efecto de una sobresaturación. El mundo se llena cada vezmás de cosasmientras la vida, sin que tengamos a quién acudir —ya que todos los sistemas están confabu- lados con el futuro—, se vuelve vacía y secretamente mortificante. De una vida como esta, sumida en la angustia, se podía esgrimir antes, como lo hicie- ron Heidegger o Lacan, que se debía al hecho de que era la falta lo que se había puesto a faltar, como ocurre con la desazón o la libertad. Pero hoy eso es distinto, porque esa falta no cuenta con ninguna consciencia y ha sido col- mada, a manera de síntoma, por una incontenible ansiedad. La ansiedad era, hasta no hace tanto, una reacción emocional comprensible frente a las incertidumbres del futu- ro, a cuyas fauces, impulsados por las fuerzas de la pasión y el deseo, nos lan- zábamos sin contemplar que, en rigor, eran los otros a quienes buscábamos. Por mucho que no existiera, el futuro era hermoso, porque lo movilizaba la fuerza de un deseo juvenil imparable, que abría caminos huyendo de cual- quier cosa que el presente les ofreciera. Se trata, sin embargo, de un senti- miento para el que daría la impresión de que hoy ya no tenemos tiempo, porque el futuro nos lo demanda todo, y su presión —que, de ser des- obedecida, podría convertirnos cada mañana en primerizos analfabetos, puesto que nada de lo que apren- dimos parece servir—, no nos deja margen para la distracción. Este tiempo robado por el fu- turo conduce a una situación en la que, en vez de tratar de entender a los otros, solo nos esforzamos por darnos a conocer a nosotros mismos, incluso a través de libros en los que, en apariencia, nos mostramos preocupados por las mejoras del mundo. La celeridad con la que nos deshacemos hoy de los muer- tos —probada, sin ir más lejos, por la reciente pandemia, de la que recor- damos menos a los siete millones de víctimas que murieron que nuestros atípicos y tediosos encierros— no nos exime de hallarnos todavía en las páginas de internet con perso- nas a las que imaginamos de carne y hueso, a pesar de que, a título del futuro, esto también se disolverá en una masa informe de nombres cuya verosimilitud ya no podremos corro- borar. El apocalipsis, la catástrofe, el final abrupto que tantos vaticinan en realidad no son nada, si se lo piensa bien, comparado con el hecho de que nos resignemos, como lo estamos haciendo, a una vida sin deseo y sin inconsciente, y sin otros y sin memo- ria y sin muertos, sin saber, siquiera, si seremos mañana fantasmas en la vida minúscula de algún recuerdo. “En algún aspecto, este estado de proximidad con los muertos ha sido suplantado, junto con la compañía que a las soledades del alma brindaban los antepasados, por un futuro que absorbe la totalidad de la vida en los imperativos de la actualización y la puesta al día”. 19
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