Palabra Pública N°37 abril - mayo 2026 - Universidad de Chile
En simultáneo, la masa de asalaria- dos que invadió las ciudades a fines del siglo xix no tardó en convertirse en la clase social de la que se aguardaban las transformaciones más radicales, a título de un futuro del que las mayo- rías retornaron, como lo revela nuestra contemporaneidad, con un desánimo y una resignación que calan los huesos, huérfanos de expectativas y separados ya para siempre de todo pasado. Esta derrota por partida doble se expandió con tal grado de elocuencia que no solo los campesinos, sino todas las perso- nas en general, acabamos licuando en las atmósferas del presente nuestra relacióncon las pérdidas ynuestrasma- neras de sobrellevarlas. Si lo hacíamos de una forma tan imperfecta y contra- dictoria como la del reloj que regía la vidadel campesino, esporqueunaparte de aquel mecanismo permeó, como no dejó de observarlo Freud, la propia eco- nomíamoderna del aparato psíquico. En Más allá del principio del placer , re- dactadoen1920, sindarsecuentaFreud tomó de aquellas antiguas costumbres la matriz del inconsciente, goberna- do por una economía tan implacable como la del campesino y consistente enque el placer debía demorarse loque fuera necesario en el displacer para co- brar vida e intensificarse. Estehallazgo, o quizá esta cita figurativa, acostó en el diván, a principios del siglo xx, a un sector de la burguesía que a pesar de que se la pasaba soñando con el futuro, de unmodo que podía leerse como am- bivalente por lo reactivo y exagerado, no lograba desprenderse del todo de la extensión que en los dominios de su presente mantenía el pasado. Olvidar seguía siendo para muchas personas ungranproblema, encircunstanciasen las que no hacerlo podía encaminarlas hacia la locura, y por eso les resultaba arduo, como sigue resultándoles a los pocos neuróticos que sobrevivieron a la invasión de las píldoras enmudece- doras y los diagnósticos arreglados y condescendientes, definir cuánto de lo que les faltaba era motivado por el pasaban cerca de sus aldeas arrasando con los cultivos y las cosechas, y tam- bién porque tras el asentamiento de las primeras fábricas en las ciudades, de las que se decía que “florecían” de una manera que ningún campesino podía imaginar, algunos veían partir a sus hi- jos en busca de nuevas oportunidades. Si sus madres o sus abuelas, pero fundamentalmente sus padres, la per- cibían como una opción equivocada, era porque les parecía que estaban cambiando lo que la tierra les daba por un endeudamiento incierto con algo tan desconocido como el futuro. Esto no significa que no lo aceptaran, ya que, como escribió John Berger, quie- nes teníanuna visión cíclica del tiempo no veían inconvenientes enasimilar las convenciones de la temporalidadhistó- rica, que percibían como la huella de la rueda que gira. “Aceptaban la secuen- cia de los siglos, pero sin convertirla en algo absoluto”, escribe Berger, y con esto el reloj que regía la vida exhibía en su redondel agujas que se cruzaban. Breitner, George Hendrik. Niños jugando en una calle (c. 1890). Crédito: Rijksmuseum 18
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