Palabra Pública N°37 abril - mayo 2026 - Universidad de Chile
El futuro es una idea más bien juvenil, no solo en términos de edad o de espíritu —se puede ser joven siendo muy viejo—, sino también en lo que hace al comportamiento de la historia, cuyo rejuvenecimiento, facilitado por cirugías cada vez más superfluas, consiste en olvidar a los muertos, a los del pasado, pero también a los del presente. federico galende Escritor, filósofo y profesor de la U. de Chile. Ha publicado, entre otros libros, El mínimo animal (2025), Me dijoMiranda (2022), La vida inmueble (2022), Retrato del artista como samurái (2020) y Filtraciones (2019). un tiempo sinmuertos ensayo to le cae la noche y no le queda más que acurrucarse, al otro lado de la co- lina, bajo un pino sobre la nieve. En su casa le habían pegado, como era un niño no sabía por qué, y tampoco sabía, por la misma razón, cómo era que no se había helado, aunque no fueran más que los pies, ya que ni si- quiera llevaba zapatos. En los ojos le brillaba una lágrima, pero desde la perspectiva de un niño el futuro no existe ni existe tampoco, por lo tanto, la noción de lo que es una lágrima, de lo que significa llorar. Como se ve, a uno y otro extremo de la cuerda que tensan las ficciones co- lectivas del tiempo, las ensoñaciones en las que se enfrascan niñas y an- cianos suelen ser muy reales; tan así, que se muestran reacias a las prome- sas que podrían arruinarlas, como el mañana o las novedades. Y por eso el futuro es una idea más bien juvenil, no solo en términos de edad o de espí- ritu —se puede ser joven siendo muy viejo—, sino también en lo que hace al comportamiento de la historia, cuyo rejuvenecimiento, facilitado por ciru- gías cada vez más superfluas, consiste en olvidar a los muertos, a los del pasa- do, pero también a los del presente. E n Vida, muerte y vejez de una mujer del pueblo , el extraor- dinario ensayo que dedicó Didier Eribon a rememorar los últimos días de su madre, a quien no había vuelto a ver tras romper con un barrio y una familia cuyos orígenes de clase lo avergonzaban, se detalla la escena en la que de espaldas almundo, y dando pasitos tan lentos y titubean- tes como los de los niños cuando aprenden a caminar, la anciana cruza la puerta del internado del que ya no va a salir. No hay nada por delante, sal- vo la muerte y el televisor encendido, que escucha a todo volumen sumida en el abandono mientras se apagan, de a poco, los últimos pensamientos precisos que le quedaban. Todavía le resta enfrentar lo que sigue, el futuro, del que tiene por el pasado noticias de que es lo que nunca habrá sido. Tampoco el futuro es algo que esté en la imaginación de los niños, quie- nes cuando se pierden, no importa si de forma breve o extensa, experi- mentan el intervalo de soledad como un abandono eterno, tal como ocu- rre con el niño mendigo de Robert Walser, si no me equivoco, en Los hermanos Tanner , a quien de pron- Empleamos nuestra habilidad para aumentar la miseria de nuestro destino. —Propercio, II, 7, 32. 16
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