Palabra Pública N°37 abril - mayo 2026 - Universidad de Chile

mismos. El sentimentalismo puede ser su brújula. También cierto retornode lo religioso—no solo el fundamentalista—, sino uno más cercano al agotamiento que a la fe. El viejo dualismo entre carne y espíritu reaparece bajo nuevas for- mas. Lamateria vuelve a ser un problema. Algo de eso se filtra en la cultura pop. Rosalía habló de sí misma como "femcel": célibe voluntaria, jugando con el ar- quetipo del “incel” resentido pero invirtiéndolo; en su caso la renuncia sería elegida. Una espiritualidad laica, dualista, donde el cuerpo queda en suspenso. Como si pudiera. El cuerpo, en todo caso, no espera. Obliga a decidir. Y están, por supuesto, los Huguenau de hoy. Aquellos para quienes la pregunta por el sentido nunca fue decisiva. Navegan el desorden con naturalidad. No necesitan creer ni indignarse. Simplemente operan. En la Odisea , Ulises llega a la tierra de los lotófagos. Sus hombres prueban el loto —una planta míti- ca asociada al olvido— y no recuerdan el regreso. Quieren quedarse. Se sienten bien. En un presente sin conflicto, sin límite, sin duelo. Ulises los arrastra de vuelta por la fuerza, mientras lloran. Es la trampa del presentismo: una regresión dulce a un estado sin dolor. Ulises evita esa trampa, pero cae en otra. Tras escapar del cíclope, su orgullo lo lleva a gritar su nombre. Podría haberse callado, haber ganado sin arrogancia. Ese gesto lo condena: Poseidón se encargará del resto. Más tarde, cuando ya están por llegar, sus hombres devoran las vacas sagradas. No por maldad. Por no soportar la espera. Todo apunta a lo mismo: la dificultad de sostener el tiempo como algo más que un impulso. Sin límite no hay tiempo. Sin tiempo no hay mundo. La salida espiritual —cuando evade la carne— repite el error en espejo: cambia el exceso de presente por el exceso de abstracción. Creer sin cuerpo es tan regresivo como vi- vir sin memoria. El vínculo que obliga, que duele, que no se consume en un instante, es una de las pocas formas de fabricar tiempo sin necesidad de poner dioses en el cielo. No porque el sexo sea sagrado, sino porque el otro —ese cuerpo irreductible— es quizás el único horizonte que no podemos falsificar del todo. Ulises debe volver. Restablecer un orden, expulsar a los pretendientes, ayudar a su hijo a crecer y partir. No porque haya una promesa de sentido. Sino porque, sin ese gesto, no hay casa, no hay lazo, no hay nada que dure. Tal vez el futuro, tal como lo conocimos, ya terminó y toda- vía no lo admitimos. El futuro después del futuro se parecemenos a una nueva utopía que a lo que Ulises hace al negarse a comer la planta del olvido. Y eso—como decía la joven— se hace día a día. El sentido y la responsabilidad son formas de producir tiempo. A veces basta con vivir un día demanera justa para descubrir, sin haberlo previsto, que se habita un mundo ligeramente más justo. No porque hayas construido el fu- turo. Sino porque algo sostuviste. Quizás el futuro sea, más que cualquier programa, una posición ética frente al tiempo. Que el día de hoy tenga peso propio sin cerrarse sobre sí mismo. Eso implica sostener memoria y apertura: saber de dónde se viene y no saber del todo adónde se va, y actuar igual. Es la diferencia entre vivir el día como si fuera desechable porque hay mil días más, y vivirlo como si importara sin saber si habrá otro. No es an- gustia existencial. Es exactamente lo contrario. Mohd Rasfan/afp 15

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=