Palabra Pública N°37 abril - mayo 2026 - Universidad de Chile

columna ASergio. E sa mañana por alguna extraña razón a partir de mi búsqueda de recetas para cocinar patacones, los algoritmos me envían a un presentador que relata, por micrófono, ante un reducido número de personas, las ventajas de unos monopatines inventa- dos por Tesla para andar en el aire. Los conductores son jóvenes modelos perfectos en sus trajes negros pegados al cuerpo como una piel. Los algoritmos deben notar que permanezco dos segundos e, inmediatamente, aparece una mujer de caminar sensual también en un traje negro pegado al cuerpo que resulta ser una robot mejorada por los chinos para que tenga movimientos parecidos a los de un humano; en la nota al pie leo que, para convencer al público presente de que no está disfrazada, tuvieron que proceder a desarmarla delante de todos. Me pregunto si los modelos de los monopatines también son robots o los disfrazan para que lo parezcan y Musk ahorra dinero. Como si me siguiera leyendo el pensamiento, el algorit- mo hace aparecer una noticia sobre millonarios que están buscando un lugar para construir su propio país sin reglas y, de ahí, salta a una conspiración de tecnofeudalistas para convertir a la gente en esclavos... Apago el celular y me pongo a cortar los plátanos. No es sencillo. Hay que freír- los por etapas y aplastarlos uno por uno con el fondo de un vaso húmedo. Al mediodía nos acomodamos la profe, la carpintera y yo en sendas reposeras bajo la sombra de la morera blanca. Traigo cerveza, los patacones y, cómo no, sale el tema de la inteligencia artificial y el miedo al futuro, concretamente el de nosotras dos como profesoras; ella, de entrenamiento corporal consciente y yo, de cómo escribir sin consciencia. Me lleva a recordar cuando aparecieron las tablets y las re- des se saturaron de opiniones premonitorias sobre el fin del libro en papel. Hubo escritores, editores, hundidos en la de- presión. Al ladomío la conversaciónescala en preocupación y espanto cuando irrumpe un grito: —Vecinaaaaa. Es el noviode lahijademi vecina, a cuatromanos constru- yeron una casa y un horno de barro al fondo del terreno casi pareado al nuestro. Él trabaja en una faenadora de cerdos. Hay varias en la zona que dan empleo formal. Hace poco se operó las rodillas. Imagino que por estar de pie. No lo escu- ché renegar, va a la fábrica, envuelve el corte de cerdo que otro pone en las bandejas... excepto sábados y domingos. —¿Cuántas son? —me pregunta desde el otro lado del alambre. El jazmín amarillo que plantamos paramantener la priva- cidad de nuestro patio trasero ha crecido y no alcanzo a ver lo que tiene entre susmanos. —Somos tres—le digo. —Está justo, entonces. Se ha convertido en un ritual que nos llame al alambrado para regalarnos lo que cocina orgulloso en el horno. Otras veces trae tocino o salamines con defectos formales que le regala la faenadora; un guiso de mote, berenjenas o pollo en escabeche. Un día nos entregó dos gallos recién pelados que mató por sobrepoblación. O repara mi moto, corre un mue- ble demasiado pesado para nosotras. El alambrado entre las dos casas funciona como un montacarga horizontal. Al co- mienzo le convidábamos algunas cosas para retribuir. Con el tiempo le tomamos el gusto a la existencia de ese engranaje que salva el alambrado y es gratomantenerlo abierto. En la Argentina semirural, entre algoritmos, reels sobre robots y un vecino que—muy lejos de las pantallas— apela a la complicidad doméstica, la escritora Cynthia Rimsky se pregunta si el mañana que se asoma no será la repetición de viejas ficciones. A pesar de todo, dice, queda otra posibilidad: desobedecer el futuro prometido. cynthia rimsky Escritora chilena radicada en Argentina. Ha publicado los libros Poste restante (2001), Ramal (2011), El futuro es un lugar extraño (2016) y Yomurí (2022), entre otros libros. Ganó el Premio Herralde por la novela Clara y confusa (2024). mi vecino viene del futuro 8

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