Palabra Pública N°36 noviembre - diciembre 2025 - Universidad de Chile

humanos a partir de insumos simples, como descripcio- nes verbales e imágenes. Si los insípidos resultados del estudio pudieran traducirse a un color, sería un uniforme beige. Ya sea hechas por “un humano, un robot o por una colaboración humano-robot”, las creaciones de fonta- na parecen solo imágenes digitalizadas en pantalla; en sus respectivas páginas web, se dice que cada una mide solo 28 por 36 centímetros en la vida real. Otra de las ca- racterísticas desabridas y homogéneas del experimento: la absoluta falta de novedad, sorpresa y complejidad de las pinturas. Dicho con las mismas palabras que los pro- fesionales del arte suelen pronunciar luego de visitar exposiciones de estudiantes de posgrado, convocatorias abiertas o bienales regionales: parece arte. El historiador y crítico de arte James Elkins dio en el blanco al describir la experiencia de validar reproduccio- nes artísticas generadas con tecnología avanzada en una entrevista de 2018. Considerando que el arte se produce con tecnologías digitales de vanguardia desde hace más de medio siglo —los primeros intentos por crear imáge- nes asistidas por un computador se remontan a los años 60, con el grupo de arte e ingeniería e.a.t. (Experiments in Art and Technology) en los laboratorios Bell Telephone—, los programas informáticos siguen siendo incapaces de comprender (¿o procesar?) el contexto histórico, cultural y social en el que las obras de arte son creadas y recibidas. Ignorar esa brecha de conocimiento implica el riesgo de tergiversar el arte como una labor humana fundamental, afirma el catedrático de Historia del Arte, Teoría y Críti- ca de Arte de la Escuela del Instituto de Arte de Chicago. “Esto es problemático porque [los algoritmos] están crea- dos por personas que piensan que lo que importa en el arte son los estilos, en contraposición a los contextos sociales, el significado y el propósito expresivo”, explica. “Una con- secuencia de esa visión limitada con respecto a lo que es interesante—continúa Elkins, apuntando al típico error de categorización de la industria tecnológica—, “es que supo- ne que el estilo de una pintura es suficiente para convertirla en una obra maestra”. Como los pintores de domingo, los científicos informáti- cos (y los accionistas de Openai) suelen pasar por alto —o malinterpretar— el aspecto social del arte y las millones de decisiones contextuales e intersubjetivas que intervienen en su creación, como el valor histórico de las pinceladas visibles frente a las capas planas, por ejemplo, o la impor- tancia religiosa de ciertos colores. Los algoritmos, como los Imágenes del proyecto A Living Poem (2025), de la artista estadounidense Sasha Stiles (1980), exhibida hasta 2026 en el moma de Nueva York, una obra generada por inteligencia artificial que se reescribe cada hora y crea poesía inspirada en la colección de arte textual del museo. Crédito: cvf. 23

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