Palabra Pública N°36 noviembre - diciembre 2025 - Universidad de Chile
que suena casi de otra época—, sino eso que llamamos inteligencia artifi- cial y que ahora imponía sus propios juicios, sus propios recaudos, su pro- pio horizonte moral. ¿Qué lo llevó a formarse esa opinión, quiero decir, qué llevó a esa ia a creer que mi bús- queda provenía de una aflicción, un grito de ayuda, la búsqueda de una salida desesperada? ¿Consideraba el suicidio un crimen, una enfermedad o una estadística reseca? Encerrada como estaba en mi escritorio, en mi paraíso privado de imágenes y textos, creyendo que allí estaba a resguardo, libre de todo contacto con la aspe- reza de la realidad, de pronto me vi pensando estas cosas. ¿Qué es lo ar- tificial de esta inteligencia que ahora me incita a pedir ayuda? Si pensar es inseparable del lenguaje, ¿no es el pen- samiento siempre un artificio? ¿No hemos necesitado siempre de instru- mentos, artefactos, herramientas para pensar? Quizás el problema no sea el artificio, seguí rumiando, sino que el pensamiento ya no esté encarnado en la experiencia del que piensa; no que no sea natural, sino que se sitúe en otra parte que en el cuerpo. ¿Qué es un pensamiento sin cuerpo? Volví a pensar en Pippa Bacca, miré otra vez sus fotografías, su sonrisa delgada que se abre entre el candor y la ironía, su pose de santa itinerante, de figura vo- tiva que no desconoce sin embargo el artificio, la puesta en escena, su propia performance, quiero decir, su cuerpo. Días después de ese evento, senta- da en la mesa de un café, leía El libro de las lágrimas , de Heather Christle, un mosaico de apuntes, citas y esce- nas que ensayan una teoría mínima del llanto —los propios, los ajenos, los que vio en la calle, en el cine, los que leyó en poemas—. Llorar, para Christle, es una tecnología arcaica, una prótesis afectiva que nos vuelve legibles para los otros y, a veces, para nosotros mismos. Lloramos para pedir auxilio, para recordar, para des- armar el orgullo; lloramos también para escribir. Distraída, mientras to- maba un sorbo de café y aspiraba el humo del cigarro, volví a tomar el li- bro y lo abrí esta vez por el final. Otra vez un anuncio: Si tienes ideas o pensamientos sui- cidas, recuerda que hay personas con las que puedes hablar. Llama al 7170037 17 y te ayudarán. La artista italiana Pippa Bacca durante su viaje por Europa a dedo, en 2008. Crédito: italianartsociety.org pensé, es preciso que exista un so- berano, real o imaginario, al que temamos defraudar. Y nada me pa- recía más ridículo que temerle a un chat, aproximarme a él con disimulo o absurdamente decidida a reventar el absceso de pudor que de pronto había experimentado. Find a helpline . El chat considerabaqueesabúsquedadespro- lija de artistas escondía en mí oscuros planes suicidas. Hace poco había ter- minado de leer Regreso a Reims , un libro conmovedor, un libro precisa- mente sobre la vergüenza. “Cuando el 31 de diciembre (…) llamé a mi madre poco después de medianoche para de- searle un buen año, me dijo: acaban de llamar de la clínica. Tu padre murió hace una hora . Yo no lo quería. Nunca lo había querido”. Así, con esa confesión despiadada, comienza el periplo hacia sí mismo después de años de haberle dado la espalda al pasado y a quienes lo habían habitado. Didier Eribon, su autor, conocido por la biografía de Foucault y por sus libros sobre la ho- mosexualidad y sus mecanismos de dominación, enfrentaba ahora la tra- ma de otra vergüenza: la de la miseria obrera en la que había crecido, la de los cuerpos de clase que esta producía, la del rechazo —incluso el odio— que sintió por ese mundo que le dolía en el propio cuerpo. “Me fue más fácil escribir sobre la vergüenza sexual que sobre la vergüenza social”, escribe con la congoja de saberse un tránsfuga, y entonces decide enfrentarla, retornar a Reims, a los barrios de su infancia. Tironeado por esas dos identidades sociales, la del intelectual parisino y la de la clase obrera provinciana, construye esta preciosa autobiografía que no sería tal si no estuviera a la vez repleta de un delicado análisis histó- rico y político sobre la violencia de los veredictos sociales. Cada vez estoy más de acuerdo con esto que decía Virginia Woolf: que uno debe extraer todo cuanto fue personal y circuns- tancial de las impresiones para ir con ellas a tantear lo inconmensurable, quiero decir, la vida. De cualquier forma, me abrumó pensar que ese nuevo soberano ya no era por ejemplo la clase —una palabra 10
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