Palabra Pública N°36 noviembre - diciembre 2025 - Universidad de Chile
No fue vergüenza ni rabia lo que sentí esta vez, sino sorpresa. ¿Será que sí, que necesito ayuda, que mi inclinación a bordear las zonas de vulnerabilidad me deja a mí misma en una zona de indefensión? No, pensé decidida, esta vez estaba con- vencida de que no tenía ninguna intención de morir. Un libro, ¿puede llevarnos a la muerte un libro? Ima- giné una lista de hombres y mujeres que después de leer decidieron qui- tarse la vida, y enseguida espanté esa idea como se espanta una mos- ca, porque aunque ese gesto —como recordaba Al Álvarez— “se prepara en el silencio del corazón” y por eso mismo no admite estandarizaciones ni recetas, se fragua, creo, en otro te- rritorio, no en los libros. Por mi parte, antes de encontrarme con el aviso, antes del sorbo de café y del cigarrillo, leía el poema de Robert Desnos que Christle había anotado mientras, tocándose la panza, imagi- naba al hijo que esperaba, y todo eso había despertado en mí un deseo ex- traño de estar viva, de querer vivir. Tanto he soñado contigo que mis brazos, acostumbrados a cruzarse sobre mi pecho como si abrazaran tu sombra, tal vez ya nunca más se ajusten a la forma de tu cuerpo (…) Duermo de pie, con el cuerpo expuesto a todas las formas de vida y amor Que no me haya irritado no quiere decir queme gusten esas advertencias, sobre todo si aparecen en un libro, como si el libro fuera ahora una cajeti- lla de cigarros, un paquete de comida o algo cuyos efectos dañinos exigen su protocolización. Al chat, pensé, se lo perdono, pero no a un libro, porque esa alerta, esa precaución supone que los efectos de la lectura están ahí, fren- te a nosotros, disponibles, codificados, medidos; y los libros, creo, no existen antes de ser leídos, antes de ser deglu- tidos por un cuerpo que, vacilante, diverso, mutable, inquieto, incidental, impide toda instancia indesmentible y consumada de la experiencia. Y re- marco experiencia , y remarco cuerpo , porque son ellos los que cuidan que la fábrica de la singularidad no se vea deformada por la fábrica del sentido y del juicio anticipado. Quizás un pensamiento sin cuer- po sea el último síntoma de nuestra época: un pensamiento que ya no tropieza, que no se ensucia, que no lagrimea ni siente vergüenza. Un pensamiento higiénico, blindado de experiencia, donde el error y la he- rida han sido reemplazados por la previsión del algoritmo. La inteligen- cia artificial lo encarna con precisión: su saber no se forma, se actualiza; no recuerda, archiva; no duda, calcula; no desea, predice. Allí donde la máquina anticipa, el cuerpo demora; donde la máquina corrige, el cuerpo se equi- voca; donde la máquina optimiza, el cuerpo insiste. Y si he hablado de Léger, de algunas performances, de Eribon, de Christle, de esos libros a los que he ido a parar como pidiendo socorro, tal vez sea porque las nego- ciaciones entre el yo y la experiencia son en ellos un asunto álgido, escritu- ras apegadas a lo vivo, que no ocultan la fragilidad del pensamiento, sino que la exponen, la convierten en su condición, intentando recapitular modestamente lo poco que nos es dado conocer. Y si todo eso nos pone en riesgo, es porque está más cerca de la vida que de la muerte. Imágenes de la performance Interior Scroll (1975/1977), exhibidas en la exposición Carolee Schneemann. KinetischeMalerei , en el Museo de ArteModerno de Fráncfort, en 2017. Crédito: Andreas Arnold/dpa Picture-Alliance vía afp. 11
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