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viene la nueva experiencia, que es la que quizá hace que a partir de ahora

se acrecienta considerablemente la técnica que, de otra forma, apenas si

se hubiese practicado” (PdW, p. 95).

Entre dolor y poder hay pues una singular relación, la cual viene desde muy

antiguo. Ello se explica porque el poder se manifiesta en el sobreponerse al

dolor. Y esto se ha manifestado no solamente en el que medita o el que ora

durante un tiempo prolongado y se prueba en ello siendo capaz de sobrepo-

nerse a molestias, postergaciones o dolores que eso conlleva, sino también

en el guerrero que valientemente se muestra como a quien el dolor no lo

afecta, no lo ha de detener en cuanto al cumplimiento de sus objetivos. Na-

turalmente algo similar sucede con el sobreponerse al temor. Y lo cierto es

que en función de esta importancia inusitada que adquiere el dolor y sobre

todo además debido a su asociación con el poder, se entiende que se pueda

caer en aberraciones que llevan a conductas patológicas, las cuales comien-

zan con la manifestación de placer asociado con el dolor. Lo que sigue a ello

es el sadomasoquismo. Mas, éste es simplemente el exceso, como sucede

en general por lo demás, con algo que de por sí está justificado y es perfec-

tamente entendible: la asociación entre sobreponerse al dolor o al temor, y

el poder.

Autoconformación

Como hemos visto, la actitud ascética, junto con la actitud gozadora, son a su vez

parte de las actitudes autorreflexivas, de acuerdo a las cuales el sujeto humano

no sólo se relaciona consigo mismo, sino que forma su sí-mismo. Es por ello

que la tercera de estas actitudes autorreflexivas es precisamente la de la for-

mación-de-sí-mismo, o autoconformación (

Selbstgestaltung

), en la que se trata

de cómo nos vamos formando, precisamente en cuanto nuestro sí-mismo va

adoptando una forma. Y ello sucede a través de goce y abstención, al modo de

dos fuerzas que nos llevan a entrar en una relación con cosas, con personas, y

con el mundo en general.

Excurso

Conviene detenerse un momento en lo que atañe al supuesto sí-mismo, antes

de entrar en lo propio de su formación. En principio parece que el ser humano

en general no tuviera relación, no experimentara algo así, como un supuesto

“sí-mismo”. ¿No será que estamos aquí ante un Imaginario, algo que es simple-

mente una construcción o proyección nuestra? ¿No será que ello tiene sólo una

justificación a posteriori, en razón de la necesidad que tenemos de apoyarnos

en el supuesto de una identidad nuestra, de una constancia en nuestro ser, que

garantizaría precisamente este sí-mismo? Más encima sucede que a diario sim-

plemente estamos sumidos en muchas tareas, acciones o distracciones, pero