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capaces de traspasarlo, de sobreponerse a él, y eso, según observábamos en
la última cita, es lo que induce al santón oriental a sentirse tan fuerte como un
dios. Y, lo que es más importante en relación a nuestro tema, es que del análisis
de la actitud ascética, que incluye prácticas de dolor y sacrificio, se sigue que la
ascesis es una poderosa formadora de concepciones de mundo. Ciertamente és-
tas las podemos compartir o no, dado que tal vez son propias de nuestra cultura
o ajenas a ella. Y a propósito de esto también, fijémonos en la forma como histó-
ricamente se ha impartido la educación en nuestros establecimientos educacio-
nales. En ello podemos advertir como paulatinamente nos hemos ido alejando
de un modelo en que sucedía que “la letra con sangre entra”, y ello ha sido para
bien o para mal (difícil pronunciarse aquí en términos categóricos sobre esto).
Corresponde también plantear, en relación a nuestro tema de la concepción de
mundo, que nuestra civilización occidental, ya hace rato inclinada al bienestar
y en su extremo, a la molicie, no tiene jamás la misma capacidad de asumir
dolor y sacrificio como es propio no solamente de la civilización del Islam, sino
también de la civilización china. Y eso le da hoy por hoy una fuerza inusitada a
esas civilizaciones que la nuestra apenas casi no puede contrarrestar. En el caso
de la civilización musulmana bien sabemos que esa capacidad puede conducir
incluso a la autoinmolación de cientos de individuos y de grupos enteros, inde-
pendientemente de si acaso ello está en concordancia o no con la doctrina del
Corán, sobre todo cuando se trata de considerar que la autoinmolación de los
hombres-bomba acarrea consigo la muerte de personas inocentes.
Simplemente el punto que nos interesa subrayar aquí es que la capacidad de
asumir dolor y sacrificios es eminentemente configuradora de concepciones de
mundo, que se convierten en agentes históricos de enorme gravitación.
Ahora bien, es tal la fuerza que tiene el sobreponerse al dolor y ello asociado a
una idea de grandeza, que en su extremo se presenta como vinculado con una
singular asociación con el placer. Y esto que puede tener cierta justificación, sue-
le inducir a expresiones patológicas:
“La ascesis activa, por la agregación del dolor, deja pronto al hombre
hacer la notable experiencia de que el dolor puede ser placentero y
objeto del goce. Existe un gozar placentero-cruel en el dolor propio tanto
como en el ajeno. Nos está permitido suponer en la ascesis corporal
activa, en ocasiones, una carga de placer sensual del dolor, bien sea
que este placer se busque directamente, bien sea que, por ejemplo, en
la extirpación del vehemente instinto sexual por flagelaciones, el placer
se desplaza repentinamente y, en lugar del placer sexual, que se extirpa,
hace su aparición un deleite en el dolor. Cuando alguien comienza una
técnica tal, quizá, no presiente nada de las conexiones, sino que tiene
motivos disciplinarios, de concepción del mundo, pero, con el ejercicio




