Monumentos espectrales. Desajustes del audiovisual chileno con la historia y la memoria

124 Hans Stange, Claudio Salinas y Carolina Kulhmann ser leídos de la misma manera que un documento escrito» (White, 2010). Esta analogía es comprensible en el marco del ejercicio historiográfico, acostumbrado a lidiar con do - cumentos escritos y materiales de archivos, pero conllevó una actitud de desconfianza hacia las películas, entendidas en el mejor de los casos como meras ilustraciones del re- lato histórico. Además, se hizo presente la percepción de una soterrada amenaza al oficio del historiador profesional, quien constata que ya no es él, sino el cineasta, quien tiene el encargo de relatar el pasado. Tal actitud expresa también el desconocimiento que los especialistas en historia tienen de los lenguajes audiovisuales. Estas cuestiones derivarán rápidamente en una inte- rrogación acerca de la capacidad del cine (y también de la televisión) para representar la historia. Camarero et al. gra - fican bien esta desconfianza: El cine es, hoy, una forma de representación impor- tante, quizás la más importante a través de su pro- longación, la televisión. Pero es muy diferente de la representación escrita: tiene una estrecha capacidad interpretativa, muestra, no sabe ni contar ni explicar. Si vemos, en una primera toma, un hombre que dis- para, en una segunda un cuerpo sangriento por tie- rra, comprendemos que el primero ha matado al se- gundo, pero no sabemos quiénes son, ni cuál es su relación. El cine da a ver acciones y objetos, habla en el presente, no expresa nociones abstractas tales como causalidad o matices temporales, puede ilustrar el pasado, no poner en perspectiva las conexiones y conflictos entre fuerzas contendientes. Por eso, no hay una historia cinematográfica, las su - puestas «películas históricas» son ya sea ponencias adornadas con imágenes que coinciden más o menos con el texto, ya sea ficciones que tratan libremente un periodo pasado (2008, p. 27).

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