El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela: Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI

245 Capítulo 11 · Del determinismo estructural a la poética terapéutica. Matías Alberto Mouliat Cinco meses después del alta, Julia confirma la mantención de los logros. Aunque las discusiones aparecen esporádicamente, ya no las catego- riza como problemas, sino como procesos naturales que forman parte de las complejidades de la convivencia. No obstante, el proceso no es lineal y el riesgo del estancamiento siempre acecha. Keeney (1990/1992) nos advierte que la salud de una conversación terapéutica reside en su movimiento. La señal de alarma para el clínico es la reiteración del contenido: cuando la sesión vuelve a saturarse de anécdotas sobre lo que él dijo o lo que ella hizo , el sistema ha caído en un bucle homeostático. En esos momentos, el tera- peuta debe activar su función meta-observacional y preguntarse: ¿en qué marco estoy operando ahora mismo? , ¿he regresado al primer acto sin darme cuenta? , ¿estoy debatiendo hechos o estoy orquestando distinciones? La estructura de los tres actos no constituye un protocolo rígido, sino una estética de la conducción clínica; funciona como un mapa de orden superior capaz de contener e integrar los diversos marcos teóricos que el profesional traiga consigo. Por ello, la responsabilidad del terapeuta radica en realizar la construcción de la queja y el diseño de líneas interventivas “a medida”, empleando una agudeza comunicacional —tanto verbal como analógica— que permita transformar la danza terapéutica en un proceso generativo. Conclusión Al finalizar este recorrido, regresamos a la inquietud que dio origen a estas páginas: tras aceptar la ruptura del espejo de la objetividad y reconocer nuestra clausura biológica, ¿qué nos queda en el espacio clínico? Nos queda, fundamentalmente, la responsabilidad radical de la convivencia. El tránsito de la intervención estratégica hacia la poética terapéutica no cons- tituye una capitulación técnica, sino una subversión del saber. Al abandonar la ilusión de instrucción —esa pretensión de que un sistema puede especi- ficar cambios unidireccionales en otro—, el terapeuta se sitúa en el único lugar éticamente sostenible: el respeto por la coherencia estructural del con- sultante. Bajo esta mirada, la validación del otro deja de ser un acto de cor- tesía para convertirse en un imperativo ontológico. En este horizonte, la

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