MEMCH una historia de organización feminista 1935-1953
284 de carácter nacional, repartida a lo largo de todo el territorio. Dirigentas obreras de extraordinario tesón, como Eulogia Román y María Ramírez, recorrieron el país en tren instalando comités, formando compañeras, de- jando instrucciones y recogiendo el aporte de las memchistas de provincia. Las bases del memch fueron espacios políticos que articularon sectores muy distintos de una clase trabajadora emergente. Desde esas decenas de comités locales, algunos situados en los más recónditos sectores rurales o en humildes asentamientos precarios, sostuvieron una política y cons- truyeron una identidad común, volcando sus disciplinados esfuerzos a la construcción democrática. Entre las tareas políticas del movimiento, contar con un medio de comu- nicación propio jugó un papel fundamental. La Mujer Nueva, el periódico del memch, no fue un simple boletín: fue un espacio de análisis y de edu- cación popular, un vehículo para informarse del acontecer a escala local, nacional e internacional, una plataforma de denuncia y de imaginación social que recorrió, de mano en mano, todo el país. En tiempos en que entre las mujeres obreras campeaba el analfabetismo, La Mujer Nueva se leía en voz alta en los locales de las provincias. Unas leían para otras y así, juntas, se empapaban de contenidos en los que viajaban al mundo entero, mientras gestaban el deseo de escribir ellas también para contar lo propio. La escritura de cartas, que fue la principal vía de comunicación entre los comités locales y la estructura nacional, le entregó a muchas la confian- za necesaria para tomar la palabra. Esos millares de páginas escritas por mujeres desde La Serena a Magallanes fueron el soporte de una lengua feminista que nombró con claridad lo que la institucionalidad —la estatal y la popular— invisibilizaba. Pero las integrantes del memch no solo se encontraban para activar campañas, manifestarse en las calles y llenar teatros. También realizaban funciones de cine, tés comunitarios, fiestas, exposiciones y actividades culturales que daban forma a un entramado de prácticas donde lo político y afectivo se entrelazaban. El placer de organizarse surgía de poner en el centro la vida en común, celebrada y disfrutada, y esto reforzó la potencia política de su acción colectiva. Para 1947, año en que se desarrolló el segundo Congreso de la Federación de Instituciones Femeninas (fechif), el memch atravesaba los años más difíciles de su existencia. Las activistas del norte salitrero y del sur carbo-
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