MEMCH una historia de organización feminista 1935-1953
152 Pero en vez de proseguir su crítica de las ideas de feminidad predo- minantes, el memch trató de usar el hecho de que muchas mujeres as- piraban a este aspecto de la feminidad burguesa en provecho propio. Asociando la belleza femenina con la salud, y describiendo a las obreras explotadas como seres desventurados y físicamente deteriorados, la or- ganización unió implícitamente a las mujeres de la clase obrera en defen- sa de su derecho a la belleza. Otras virtudes «femeninas», y la manera en que las relaciones de gé- nero predominantes limitaban el ámbito de acción de las mujeres, fueron también sometidas a una crítica. En todos los sectores sociales, las niñas crecían con la certeza de que eran valoradas y amadas menos que los ni- ños. Las mujeres de la clase obrera eran víctimas de «gritos e injusticias en el hogar; gritos e injusticias en la fábrica o en el taller». Tales condi- ciones privaban a la mujer de su dignidad y podían persistir solo si las mujeres creían en su propia inferioridad. Pero tal como Fernanda Martí- nez lo aseguró, «la resignación, el sacrificio, la obediencia y la castidad» no eran las únicas opciones para la mujer, y alentó a sus lectoras a salir de los confines de sus vidas extremadamente reguladas. Aunque reconocía la enorme presión social que obligaba a las jóvenes a ajustarse a las nor- mas establecidas, las instó a liberarse de su complejo de inferioridad y a rebelarse contra las convenciones: Ustedes son fuertes, pueden hacer cosas. Es una mentira, mil veces una mentira que ustedes son inferiores. Ustedes son iguales. Era necesario mantenerlas en la ignorancia para someterlas. Al igual que Vergara, Martínez vio la recompensa de emanciparse de las ideas anacrónicas de la feminidad en «la satisfacción de haber vivido» en vez de haber vegetado 357 . Sin embargo, el discurso del memch mostraba cierta tendencia a de- positar la responsabilidad de la opresión de género sobre la sociedad ca- pitalista de clase, y particularmente sobre los hombres de clase alta. En esa clase, señalaba Fernanda Martínez, las mujeres eran tratadas como «maniquíes lujosos... sin el derecho a decidir sobre sus vidas y mucho menos acerca de sus sentimientos», y eran forzadas a matrimonios sin amor por razones económicas. Una vez casada, la mujer tenía que so- 357 Fernanda Martínez, «Levántate y anda», La Mujer Nueva 7 ( junio 1936), 3.
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