MEMCH una historia de organización feminista 1935-1953

111 exclusión de la mayoría de las mujeres de la fuerza laboral. Esas actitudes persistieron hasta los años veinte. Sin embargo, en los años treinta, se hizo claro que la rueda de la historia no podía dar marcha atrás. La actitud de las mujeres estaba también dividida y no es sorprendente que la división se produjera, en gran parte, por las diferencias de clases sociales. En las primeras décadas del siglo, las mujeres organizadas de la clase obrera de Chile se presentaban a sí mismas y a sus hermanas como involuntarias e indefensas víctimas de un capitalismo explotador que destruía a sus familias como consecuencia de su codicia. Solo unas pocas trabajadoras valoraron el razonamiento de una costurera chilena en 1906 cuando dijo que la mujer, para ser libre, necesitaba ser económi- camente independiente a través de su propio trabajo remunerado 228 . Era más probable que las feministas de la clase media abogaran en favor del trabajo remunerado como un medio para su emancipación. El Partido Cívico Femenino (PCF), por ejemplo, afirmaba en los años veinte que las mujeres necesitaban ganarse la vida si querían liberarse 229 . Esas posi- ciones, sin embargo, encontraban poca aceptación en las masas femeni- nas. Amanda Labarca, la prominente feminista, señaló que incluso en los años treinta «vivir a la sombra de un padre o marido protector es aún lo deseable, la dulce esperanza de muchas mujeres». La perspectiva de una vida doméstica segura detuvo la expansión de las ideas feministas sobre la emancipación económica de la mujer 230 . Como vimos en el segundo capítulo, el memch atraía a un gran nú- mero de mujeres que trabajaba y que era firmemente consciente de las malas remuneraciones de la mayoría de la fuerza de trabajo femenina. Mientras unas pocas afiliadas, como Clara Williams de Yunge o Elena Caffarena, trabajaban no solo por motivos económicos, la mayor parte de las trabajadoras memchistas —solteras, casadas, abandonadas, con o sin hijos— se esforzaba por ganarse la vida en forma sacrificada y todas ex- perimentaban las mismas limitaciones: pocas oportunidades de trabajo y salarios miserables. Por un trabajo similar, a las mujeres se les pagaba la mitad o a lo sumo dos tercios de lo que ganaba un hombre. Las emplea- 228 Sara Cádiz B., «Sobre organización femenina obrera», La Palanca ( junio 1908). 229 Acción Femenina , N° 5 (enero 1923), 2-3. Al mismo tiempo, el pcf estaba muy preocupado por el impacto del trabajo duro en la mujer. La feminista argentina Alicia Moreau encarnaba esta actitud contradictoria: en 1911 alabó el trabajo de la mujer, pero también abogó por una legislación protectora y restrictiva del empleo femenino. 230 Amanda Labarca, ¿Adónde va la mujer chilena? (Ediciones Extra, 1934), 27.

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