El Húsar de la muerte. Cien años de historia rescatados fotograma a fotograma
16 relación entre ambos, marcada por una lealtad profunda, no estuvo exenta de choques vio- lentos: Carrera llegó a encarcelarlo más de una vez, y, aun así, terminaban reconciliándose y retomando el trabajo conjunto que los convertiría en símbolos de una misma causa. Participó desde temprano en la guerra de Independencia. En las campañas de 1813, en el sur del país, se destacó con el grado de capitán, recorriendo el territorio y pronunciando discursos que le fueron ganando un apoyo popular poco común entre los próceres de la época, más cercanos a los salones que a las plazas. Ese vínculo con la gente sencilla sería, con el tiempo, su arma más eficaz. La derrota patriota en Rancagua, en 1814, lo obligó a cruzar la cordillera hacia Mendoza, como a buena parte de la dirigencia independentista. Fue en esa ciudad argentina donde conoció a José de San Martín, encuentro que reorientaría su destino. Mientras otros se re- signaban al exilio prolongado, Rodríguez fue enviado de vuelta a Chile con una misión dis- tinta: operar desde la clandestinidad, tejer una red de contactos y preparar el terreno para el regreso del Ejército Libertador. Ahí comenzó el capítulo que lo transformaría en leyenda. De regreso en el país, se dedicó a reorganizar y coordinar a los distintos grupos revolucionarios, tejiendo poco a poco una sólida estructura clandestina que sembró el desconcierto entre las tropas realistas coman- dadas por el gobernador Francisco Casimiro Marcó del Pont. Sus golpes, rápidos y sorpresi- vos en Melipilla, San Fernando, San Felipe y la propia capital, desesperaron de tal forma a las autoridades españolas que el gobernador ofreció una recompensa por su captura, vivo o muerto, y decretó castigos severos para quien se atreviera a socorrerlo. Nada de eso sir- vió: el pueblo lo escondía, lo alimentaba, lo protegía, y Rodríguez se convirtió en el hombre más buscado del reino sin que nadie lograra entregarlo jamás. Circularon desde entonces historias de escapes disfrazado de fraile, de mendigo, de cualquier figura que le permitiera burlar a sus perseguidores en las narices de la autoridad. El mismo día en que las tropas libertadoras obtenían la victoria de Chacabuco, el 12 de fe- brero de 1817, Rodríguez conquistaba la ciudad de San Fernando, autoproclamándose jefe
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