El Húsar de la muerte. Cien años de historia rescatados fotograma a fotograma

17 superior de la provincia de Colchagua, escenario principal de sus correrías. Pero la guerra estaba lejos de resolverse. Tras el revés sufrido por el ejército patriota en Cancha Rayada, en marzo de 1818, cuando buena parte de la oficialidad temió lo peor y algunos generales llegaron a darse por vencidos, fue Rodríguez quien tomó las riendas de la situación en San- tiago con una arenga que la posteridad no ha olvidado: "Aún tenemos patria, ciudadanos". Días después organizaría el célebre escuadrón de los Húsares de la Muerte, unidad que ten- dría una participación decisiva en la victoria definitiva de Maipú, sellada junto a San Martín, y con la que Chile aseguró su independencia. Ese mismo prestigio, ganado a pulso en el fragor de la clandestinidad, terminó por senten- ciarlo. Su cercanía con los Carrera y su carácter díscolo despertaron recelos entre los miem- bros de la Logia Lautaro, de la que formaban parte tanto O'Higgins como San Martín. Acu- sado de conspirar, fue detenido por orden del director supremo interino, en ausencia de O’Higgins, Hilarión de la Quintana y conducido rumbo a Valparaíso por el Batallón Nº1 Ca- zadores de los Andes, desde donde se planeaba desterrarlo a la India británica. En el tra- yecto, a la altura de Tiltil, el 26 de mayo de 1818, fue asesinado de un disparo por la espalda por la escolta que debía custodiarlo. O'Higgins nunca ordenó explícitamente su muerte, pero tampoco hizo nada, al conocer la noticia, por esclarecer lo ocurrido ni juzgar a los res- ponsables, sombra que ha acompañado su figura hasta hoy. Con su muerte, Manuel Rodríguez no desapareció: se instaló en la memoria popular como uno de los padres de la patria, el guerrillero que el pueblo escondió y protegió cuando nin- gún ejército pudo hacerlo. Pablo Neruda le dedicaría décadas más tarde unos versos ya in- separables de su leyenda, Tonadas de Manuel Rodríguez del Canto General (1960), evo- cando esa capacidad suya de ser, al mismo tiempo, un obispo, el viento sobre la nieve, o simplemente un rumor que cabalga en la memoria de un país. Algo similar ocurre con la tonada Hace falta un guerrillero , que Violeta Parra publica en un disco de 1961, en la cual, según Gastón Soublette (1961): la autora manifiesta su deseo de ser madre de un guerrillero semejante a Manuel Rodríguez, “para que ponga cada cosa en su sitio y llame cada cosa por su nombre”, según la propia

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