Estudios en homenaje al Dr. Gilberto Sánchez Cabezas

103 A ntropología lingüística : bordes …/ Cristián Lagos Fernández a las constantes positivistas y etnocéntricas en su observación del fenómeno de su interés, le agregó un evidente sesgo de clase. Así, por ejemplo al for- mular sus conceptos fundamentales, tales como la langue saussuriana, cuyo carácter supraindividual y homogéneo solo era posible de explicarse en tanto el autor ginebrino estaba pensando en el francés estándar de la comunidad a la que pertenecía (Bourdieu, 1985). Algo similar se verifica en la formulación chomskiana de “competencia lingüística”, la que declara que existe en un ha- blante-oyente ideal, que forma parte de una comunidad homogénea (Chomsky 1965). Así, del mismo modo que la Antropología lo hacía con la cultura, si bien la Lingüística pretendía también constituirse en un programa de investi- gación cuyo objetivo era (y es) la descripción del lenguaje “humano”, terminó instalando –en sus tradiciones discursivas y paradigmas fundacionales– una vi- sión y discurso hegemónico acerca del lenguaje, las lenguas y la comunicación –válido supuestamente para toda la humanidad– generado fundamentalmente por hombres, blancos, europeos, urbanos, económica y educacionalmente de un nivel elevado. Una élite hablando de la humanidad, tanto para el fenómeno lingüístico como para el cultural. Por su parte, la Lingüística compartió también con la Antropología este primer momento evolucionista, emergiendo con proyectos comparados a partir de la obra de los entonces llamados filólogos histórico-comparados, intentando describir la evolución de las lenguas indoeuropeas (Robins 2013). Se trataba de programas de investigación cruzados por las mismas pulsiones positivistas y empiristas, pero a partir de fuentes secundarias de información, sin ningún contacto con las comunidades ni un punto de vista agentivo sobre las mismas. Ambos objetos, las lenguas y culturas, eran concebidos como realidades or- gánicas, como “cosas”. Tal vez la diferencia entre los derroteros de una y otra ciencia en ciernes fue el mayor desarrollo teórico que sí hubo sobre el concepto de “cultura” en la Antropología, a diferencia del de “lengua”, el cual no fue una preocupación epistémica para los filólogos como Rask, Bopp, Schleicher, Les- kein, entre otros (Griffiths 2017). Por su parte, la definición que Taylor (1871) desarrolló para la noción de “cultura” sí correspondió a un primer intento por dotar de precisión conceptual al objeto de estudio etnológico por excelencia, entendiendola como aquella “totalidad que incluye conocimientos, creencias, arte, moral, derecho, costumbres y cualesquiera otras aptitudes y hábitos que el hombre adquiere como miembro de la sociedad” (Podestá 2006: 26) Si bien era una concepción que implicaba una mirada universalista acerca de lo huma- no, era un primer esfuerzo por dotar a la disciplina de una identidad y preci- sión teórica. Luego, a comienzos del siglo xx y hasta pasados los años 60’ de ese siglo, la Antropología se desplegó a través de tres grandes programas y momentos epistémicos, dos de los cuales tuvieron una estrecha relación con el momen- to formalista que predominó en Lingüística en la misma época (Butler 2006, Newmeyer 2010). De modo paralelo al auge de la escuela funcionalista de

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