Estudios en homenaje al Dr. Gilberto Sánchez Cabezas

102 E studios en homenaje al doctor G ilberto S ánchez C abezas tó las bases epistémicas que las identificaron como ciencias, esto es, tener una naturaleza empírica, positivista y etnocéntrica, funcionando como verdaderas ciencias “gemelas” (Korsbaek, 2003), carácter que ha marcado su desarrollo en distintos momentos, influenciándose, comunicándose y generando una in- tertextualidad, sobre todo hasta la primera mitad del siglo xx . Tras esto, los avatares de la epistemología y filosofía de las ciencias los han llevado a seguir derroteros algo separados, fruto de la existencia, en el caso de la Antropología, y la ausencia, en el caso de la Lingüística, de procesos de cuestionamiento a la representación de su objeto de estudio y de sus mecanismos de producción de conocimiento (Joas 2004). No obstante esto, sus lazos y diálogos son los más estrechos respecto de las otras Ciencias Sociales. En este primer momento “evolucionista” la Antropología surgió como un estudio comparado de los grupos entonces concebidos como “primitivos” –de ahí su denominación como Etnología–, comunidades que se entendían como “pertenecientes” a los territorios que las grandes potencias geopolíticas y co- lonialistas de entonces: Inglaterra, Francia y Alemania (Barnard 2000, Ver- meulen 2013). De esta manera, este primer momento estuvo marcado por un etnocentrismo que asumía que los otros (nativos de los enclaves coloniales) eran los “diferentes”/“extraños”, y su tarea como etnólogos era explicar esta diferencia a través del concepto de “cultura”, matriz en la disciplina hasta el día de hoy. Esto explica por qué por mucho tiempo se asoció a la labor de la Antropología con la descripción de comunidades indígenas y etnias distintas a las europeas, lo que era claramente un enfoque etnocéntrico de la discipli- na y del concepto mismo de cultura. Se generó así un esquema universalista acerca de la evolución de las culturas y se explicaron las variaciones encontra- das en función de cómo cada cultura se posicionaba de modo diferencial en el esquema evolutivo general (bárbaros, salvajes o civilizados), siendo el punto de comparación y canon la sociedad de los mismo etnólogos que generaban la descripción (Carneiro 2004). Se arribó a estas conclusiones sin hacer trabajo de campo, sin considerar las voces de ese “otro” y solo revisando documentos que habían dejado viajeros y exploradores, generando un relato perfectamente funcional a la legitimación del programa e industria colonial. Así, por ejemplo, se estimaba, tal como lo escribió Rodolfo Lenz para las comunidades mapu- ches que estudió (Lenz 1895-1897), que las comunidades ágrafas debían pasar a una tradición escrita y que sus lenguas debían ser reemplazadas por la lengua del civilizado, el español, por ejemplo. Una más que clara prueba de que, en sus inicios, las nacientes Ciencias Sociales habían surgido como un discurso para legitimar la hegemonía del proyecto histórico que ciertos humanos (de cierta raza, género, clase social, etc.) tenían sobre la humanidad. Lo mismo se puede apreciar en el caso de Lingüística, cuya inspiración formalista inicial, centrada en la descripción de las propiedades y características de las lenguas en tanto sistemas formales, la llevó a no considerar la agentividad ni el carácter situado del lenguaje, las lenguas y la comunicación humana, lo que, sumado

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