Estudios en homenaje al Dr. Gilberto Sánchez Cabezas

421 L a belleza de los copihues …/ Edgardo Alarcón Romero el paisaje viviente del mundo no debe ser soslayado, cercado, sino protegido y amado, es aquí donde trasciende el amor verdadero, sin olvidar que zurcir una herida con otra herida implica ahondarse en un sufrimiento sin ventanas visibles, y de estos abismos de soledades nadie ha salido incólume, que penoso sería vivir contemplando la primavera en un museo de cera, en que los pájaros no pueden interpretar sus cantos de libertad. Una vida artificial y de cera, que se derrite con un fósforo encendido, sin volver a ver a los niños jugando entre los trigales, oír la música de una vertiente de sonidos liberadores, deslizándose libremente por riscos y quebradas. Un copihue abriéndose es el símbolo de es- tos pensamientos, que espero que los perfume y los despierte. El misterio revelador del tercer aspecto lo describo y los invito a desentra- ñar la luz en el bosque de las ideas, esto no es una metáfora sutil que intente develar la niebla contractual que se cierne sobre la tierra, no digo patria, para que no intenten crucificarnos en los mástiles de un progresismo materialista y avasallador, equivocado, porque lo sustancial de la vida es la vida misma, y no el abultamiento; imagínense que todos anduviéramos con gafas de colores para contemplar un paisaje sombrío, que desfallece y se quema, transformán- dose las miradas en cenizas muertas, tan triste como el anciano que rememora la belleza de su pasado mirando a través de una ventana con barrotes, y sola- mente ve muros y el humo pestilente de las chimeneas, y el mundo se le des- hoja, los sueños se le deshojan, y se deshoja lo deshojado, ay, no hay memoria, hay sombras y solo sombras, al ver que las mariposas de la niñez, cuyo vuelo y colores le permitían seguir soñando, solo aprendieron el vuelo de la muerte, resignadas a que sus alas se destruyeran al golpearse contra los vidrios opacos de esta ventana solitaria. Así se conjugan estos tres elementos de una simbología que aprecio en las enredaderas de copihues rojos, la belleza de ser y la alegría de un renacer com- partido, sin la pobreza de las alambradas divisorias, viendo a los niños con sus pies descalzos, sintiendo el agua que corre libre por los lechos de los ríos, agua de todos, como asimismo, el aroma a tierra recién mojada por la lluvia, en que danzan los sueños, la poesía social que nutre los sentimientos permanentes, la belleza de las palabras pronunciadas en los labios generosos de la vida, el len- guaje de los copihues en los bosques del saber milenario, pueblos originarios de estas tierras de fertilidad humana que sobrepasa los irrisorios muros del ma- terialismo, que lo único que ha logrado es el distanciamiento de las culturas, la segregación de los pensamientos y redundado en las libertades del papel y las corbatas del esplendor sin luz, tan distinto a la flor de un pueblo vivo que conoce los senderos del amor y el vivir compartido.

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=