Estudios en homenaje al Dr. Gilberto Sánchez Cabezas
379 F actores dilatorios de la narrativa …/ Eliana Albala la historia, sucesos esperados para el futuro. Al espacio, presagios del ambien- te, emociones que produce un lugar abierto o cerrado. Al personaje le corres- ponden incontables posibilidades porque sabemos que aunque sea de manera ficticia, paradójicamente, buscamos la literatura para conocer mejor y más pro- fundamente a los seres humanos: aquí escuchamos exactamente cómo hablan, cómo cuentan sus sueños, sus recuerdos, sus pensamientos, sus crisis existen- ciales, sus somatizaciones, y sus cartas. Reconozco que todavía este trabajo está incompleto. Se invita a proponer el mejor ordenamiento, el mejor método, el exacto camino que no permita ol- vidar ni descartar ningún factor. Para conformar poco a poco, de manera ejem- plar, el material teórico de la morosidad narrativa. I ntención didáctica : esfuerzos experimentales Cualquier maestro de literatura, y –con mayor razón– de literatura creativa, una vez observado el beneficio ventajoso de los factores dilatorios, sabría que enseñarlos y, aún mejor, practicarlos, sería un gran aporte para futuros creado- res sin experiencia que solo escriben de manera sintética. Habría que decidir la manera de motivarlos. Exponerles ejemplos novedo- sos y atractivos desde el punto de vista de su factura estética y mostrar la am- plitud y riqueza de las temáticas actuales, sin olvidar lo más valioso: el logro de añadirlos a su trabajo personal. Para un primer experimento didáctico, con la finalidad recreativa de imitar los aportes de grandes escritores, recibido con anticipación, cada alumno tiene en sus manos el siguiente texto dilatorio del famoso escritor inglés Julian Bar- nes (2022: 57), con su tamaño original: Un abogado me escribió para informarme que Elizabeth Finch me había legado “todos mis papeles y mi biblioteca, para que haga con ella lo que considere”. Me sentí halagado pero perplejo. Los libros que había escri- to llevaban mucho tiempo descatalogados. El soñador que hay en mí se preguntó si habría dejado alguna obra maestra, póstuma e inesperada que yo tuviera el honor de mostrarle al mundo. El voyeur que hay en mí se preguntó si habría dejado algún diario lleno de lacerantes revelaciones; a veces, mi imaginación era tan chabacana como la de esos alumnos de mala reputación a los que EF había dado clase. Quería que hubiese ahí al- gún secreto por descubrir, aunque no fuera más que, pongamos, una leve adicción a las apuestas de caballos (¡EF en una casa de apuestas!¡O tele- foneando a alguien a quien tal vez se refiriese como “mi corredor”!). Pero mi lado sensato juzgaba improbables aquellas suposiciones. Daba por he- cho que, igual que había controlado su vida, habría controlado también su posteridad. Seguramente encontraría alguna nota, lúcida y breve, en la que me indicara qué hacer.
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