Estudios en homenaje al Dr. Gilberto Sánchez Cabezas

105 A ntropología lingüística : bordes …/ Cristián Lagos Fernández en Estados Unidos, en las primeras décadas del siglo xx , que surge institucio- nalmente la Antropología lingüística –o Etnolingüística– como una de las ra- mas de la disciplina, aspecto que luego desarrollaremos en el punto II de este escrito. Más adelante, en el marco de este segundo momento –formalista– de co- nexión, el advenimiento de la revolución cognitiva y la emergencia de las Ciencias cognitivas (Miller 2003), pasada la segunda mitad del siglo xx , vol- vió a posicionar a la Antropología y la Lingüística, en sus tradiciones nortea- mericanas hegemónicas, en un camino común. Ambas pasan a centrarse en sus fenómenos de interés –lengua y cultura– como fenómenos y sistemas cogni- tivos, por lo que aunque en Antropología persiste una vocación empírica, de campo, se hace parte del mismo momento formalista que predomina en los enfoques generativos chomskianos, que desde ese momento pasan a concen- trar la hegemonía en los estudios del lenguaje. Persisten entonces las miradas etnocéntricas y clasistas, que no rescatan la agentividad de las comunidades y sus hablantes ni el carácter situado del lenguaje, las lenguas y la comunicación humana. Esta tendencia se vio plasmada en una Antropología cognitiva, cono- cida como Nueva Etnografía (D’Andrade 1995, Tyler 1969), con autores que se volcaron a comprender la cultura como un sistema cognitivo. Así como en la etapa previa, particularista, en la que influencia desde la Lingüística había provenido desde las corrientes estructuralistas, en esta otra etapa la conexión directa estuvo dada por los planteamientos de la Lingüística generativa pro- puesta por Chomsky y por los desarrollos de la Semántica formal, por lo que la labor de muchos de estos etnógrafos se volcó a describir sistemas terminoló- gicos que daban cuenta de la cultura como una “gramática” para el comporta- miento (Frake 1961, Lounsbury 1956, Berlin, Breedlove y Raven 1968). Un tercer momento común entre Antropología y Lingüística tuvo que ver con la emergencia de las corrientes funcionalistas –en el sentido disciplinar que esta noción tiene en Lingüística (Newmeyer 2006)– sobre el lenguaje, las que ponen en escena la función comunicativa de este y la importancia del uso y el contexto –además de la estructura formal– para comprender el fenómeno lin- güístico y comunicativo. Así, este momento funcionalista se trata de un avance en reconocer la naturaleza agentiva y situada del lenguaje, las lenguas y la co- municación, pero sin cuestionar aún de modo cabal los componentes etnocén- tricos y clasistas de sus aproximaciones. Es este momento el que ha permitido, por cierto, que se instalen miradas aún más centrífugas respecto del tronco o tradición discursiva (Espinoza y Olate 2023) hegemónica disciplinaria –positi- vista, conservadora y clasista– que, coexistiendo con este, permite indagar en miradas más interseccionales (Moradi 2017) del lenguaje, las lenguas y la co- municación con la sociedad, la cultura, la política, la educación y los múltiples y heterogéneos modos de existir del lenguaje en la sociedad. En este momento, a partir de la década de los años 1970, la Antropología ya había experimenta- do un proceso de revisión epistémica, teórica y política que lo distanció desde

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