Policy Paper. Vivienda y pobreza energética en Chile: hacia una política integral de habilidad

POLICY PAPER: VIVIENDA Y POBREZA ENERGÉTICA Algunos estudios han examinado cómo se manifiesta la cultura energética a través de concepciones, suposiciones y expectativas energéticas en diferentes socieda- des (Strauss et al. 2016), el impacto de las dimensiones culturales en la adopción tecnológica (Sovacool 2009), el consumo de energías renovables (Pelau y Pop 2018), la preferencia por combustibles sólidos (Champion et al. 2017), la pobreza energética (Chaudhry y Shafiullah 2021) y la movilidad (Sovacool y Griffiths 2020a), entre otros. Incluso estudios en Nueva Zelanda se han enfocado exclusivamente a definir un marco conceptual sobre cultura energética (Barton et al. 2013) para comprender el comportamiento energético de las personas y así mejorar la toma de decisiones en políticas públicas relacionadas con el uso de energía residencial y la eficiencia energética. Lo anterior vuelve indispensable la inclusión de elementos éticos en el debate y análisis del nexo entre pobreza energética y vivienda. La pobreza energética es un asunto de justicia energética, al constituir la manifestación de desigualdades sisté- micas que intersectan múltiples dimensiones de exclusión y vulnerabilidad (Chard y Walker 2016; Middlemiss 2020; Urquiza y Billi 2020). El acceso a la energía no es meramente una cuestión técnica o de infraestructura física, sino que está moldea- do por procesos sociales, económicos y políticos más amplios, donde tecnologías, políticas, instituciones, situaciones económicas, expectativas culturales y condi- ciones climáticas se ensamblan dinámicamente en el tiempo (Baker et al., 2025). El marco de justicia energética propone tres principios fundamentales: distributi- vo (equidad en costos y beneficios de servicios energéticos), procedimental (par- ticipación en la toma de decisiones), y de reconocimiento (visibilización de grupos históricamente afectados o ignorados) (Heffron & McCauley, 2018; Walker & Day, 2012). En el ámbito de reconocimiento, resulta particularmente relevante que dife- rentes grupos sociales —personas mayores, mujeres, niños, pueblos indígenas y poblaciones racializadas— experimentan la pobreza energética diferencialmente según vulnerabilidades interseccionales, donde las narrativas de estigmatización construyen ciertas prácticas energéticas como “irracionales”, atribuyendo la priva- ción a deficiencias individuales en lugar de reconocer desigualdades estructurales (Simcock et al., 2021; Willand & Horne, 2018). Esta perspectiva de reconocimiento cultural se extiende también a los cuestiona- mientos contemporáneos sobre nociones estáticas y estandarizadas del confort térmico. La investigación demuestra que el confort térmico no puede reducirse a meros patrones de intercambio de calor, sino que requiere el reconocimiento de estados emocionales y cognitivos (Mazzone & Khosla, 2021). El concepto de con- fort térmico adaptativo reconoce los aspectos culturales y geográficos del calor y 16

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