Lenguas en la Universidad. Políticas lingüísticas en la educación superior
Parte 3. Política lingüística en educación superior 77 Propuse, entonces, al comité de admisión dejar de utilizar el puntaje TOEFL como criterio determinante. Esta decisión, aun- que controvertida, nos permitió abrir las puertas del doctorado a estudiantes con perfiles más diversos, y reorientar nuestra mi- rada hacia las verdaderas necesidades lingüísticas del programa. En lugar de exigir un estándar previo y externo, comenzamos a ofrecer apoyo lingüístico específico a quienes lo necesitaran, fortaleciendo una pedagogía más situada e inclusiva. Esta experiencia nos llevó también a promover una política de uso activo del español como lengua académica a partir de la organización de seminarios, conferencias y actividades en espa- ñol, abiertas a toda la comunidad. De hecho, es pertinente des- tacar un episodio emblemático: al difundir las actividades en los tablones institucionales, recibimos una serie de correos del área de comunicaciones exigiendo que todos los afiches estuvieran en inglés, pues «no toda la comunidad entendería el español». Esta solicitud, formulada desde una lógica aparentemente in- clusiva, invisibilizaba el hecho de que más del 30% del estudian- tado de CUNY es hispanohablante, y que nuestra intención era precisamente reconocer y legitimar ese espacio lingüístico. El multilingüismo, en este contexto, no es solo un recurso didáctico, sino una intervención política en los modos de orga- nización del conocimiento. En lugar de asumir pasivamente que el inglés es el vehículo universal de la academia, debemos cues- tionar cómo y por qué algunas lenguas se convierten en lenguas de poder, mientras otras son relegadas al ámbito de lo «local», lo «folclórico» o lo «alternativo». La reflexión sobre el lenguaje en la universidad no puede des- vincularse de los marcos macroeconómicos e ideológicos que la atraviesan. La internacionalización, entendida como expansión en los rankings, captación de fondos o inserción en redes globa- les de élite, está profundamente mediada por una política lin- güística implícita que privilegia el monolingüismo funcional.
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