Pulvis et Umbra

36 funeral del Papa Pío XII, ocurrida el 9 de octubre de 1958, un sepelio que desplegó toda la pompa y el lujo de la iglesia. Por otro lado, Bruna entrará en diálogo también con el álbum funerario de su abuelo, Albino Bruna, quien fallece el mismo año que Pío XII. A partir de tierra de color negro y esténciles, el artista reconstruye una de las fotografías del álbum y la despliega como una gran alfombra en el suelo. En la sala, la acompañan un conjunto de diarios apilados con los obituarios locales de la ciudad, un par de zapatos viejos y un texto realizado con igual técnica, instalado en el suelo y donde se lee: “Crying, Waiting, Hoping”. Este estribillo da título a una canción de Buddy Holly, que fue grabada por primera vez el 14 de diciembre de 1958, año en que fallecen Albino Bruna y el Papa Pío XII. “Llora, espera, esperando” es el estribillo de Holly que acompaña a la obra, cuyo juego de palabras representa y señala la ausencia, “lo que supone una neta dis- tinción entre lo que representa y es representado; por el otro lado, la representación es la exhibición de una presencia, la presentación pública de una cosa o una persona” (Chartier, 2005, p. 57). Se reafirma de este modo el discurso de la imagen y se con- voca una lectura donde cada uno de los elementos que componen la obra, a modo de vanitas moderno, nos recuerda la muerte ( memento mori ) y, con ello, la fugacidad de la vida, que queda plasmada, tal bodegón, en los zapatos usados sobre la ruma de periódicos, en cuyas páginas se publicó el obituario, que repite a diario, como un reloj de arena, las fechas de fallecimiento de los difuntos y los horarios de sepelio. En este punto es interesante mencionar la obra In Ictu Oculi (1672) del pintor español Juan de Valdés Leal. En su obra, la muerte, soberana del mundo, se alza triun- fante sobre la vida material, representada por un ataúd vacío, el sudario y la guadaña. Su mirada fija y el texto superior, “In Ictu Oculi”, subrayan la fugacidad e imprevisibili- dad de la muerte, que en un instante —en un abrir y cerrar de ojos— acaba con las vanidades terrenales. Estos objetos, como la tiara papal y la corona real, simbolizan la transitoriedad del poder y la riqueza humanas. Para los jesuitas y sus seguidores, la imagen de la muerte funcionó como el más eficaz antídoto contra la vanidad del mundo: un recordatorio constante de la fugacidad de lo terrenal y la necesidad de cultivar la vida espiritual. En contraste, para Bruna, la vanitas se resignifica en clave contemporánea como una crítica a la superficialidad de la sociedad moderna. Esta transformación encuentra resonancia en las reflexiones de Byung-Chul Han, quien advierte que la hiperactividad profana y la autoexplotación han provocado la desaparición de los rituales. En atención a la era digital, señala, “elimi- na también los cuerpos que se nos contraponen, privando a las cosas de su pesadez

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