Pulvis et Umbra
26 del mundo terrenal al mundo celestial. Esta ceremonia se organiza a partir de tres momentos que rememoran el Misterio Pascual: velatorio en casa, liturgia exequial en la iglesia y sepelio en el cementerio. De igual forma, este ritual era concebido como un “plan de salvación” que resguarda el tránsito de la vida a la muerte: “Las ceremonias del funeral podían reconciliar al hombre con los dioses que velaban el sueño de los muertos y, más aún, paliaban también la angustia sobre el destino del difunto entre quienes le sobrevivían” (Abascal, 1991, p. 208). Ante este fenómeno, surge el interés de los primeros cristianos de ser enterrados junto a santos y mártires (Vaquerizo, 2008, p. 131), con lo cual aseguraban la efectividad de su plan de salvación. Durante la alta Edad Media, el ritual funerario adopta las costumbres paga- nas, las que fusiona con los principios de la iglesia cristiana. Las pestes y las guerras marcan un periodo en el que la muerte se hace más presente señalando el destino de hombres y mujeres. Ante este nuevo escenario, los rituales fúnebres se protocolizan bajo los preceptos del cristianismo. Tras el deceso, se inician las exequias, acto ritual mediante el cual familiares y amigos acompañan y dan sepultura al cuerpo del fallecido. Esta acción se organiza a partir de cuatro momentos: el duelo, la absolución, la comi- tiva fúnebre y la inhumación. En atención a la etapa del duelo, Philippe Ariès señala: Las manifestaciones más violentas de dolor –el mismo vocablo que «duelo»– afloran justo después de la muer te. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de esas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre (Ariès, 2000, p. 107). A la exteriorización del dolor le sucede la absolución, momento en que a través de cantos y oraciones se busca eximir de pecado al fallecido, permitiéndole acceder a la gloria divina. Acto seguido acontece el cortejo fúnebre (sepelio), el cual contempla la envoltura del cuerpo en un sudario, su colocación en el ataúd y posterior acom- pañamiento hasta el lugar de su entierro. Un claro reflejo de las características del ritual funerario medieval es el bajorrelieve de la lápida sepulcral de Margarida Cadell, obra en que se representa el entierro de una noble catalana del siglo XII. En la pieza observamos a la difunta yaciente en su sarcófago y vestida con los hábitos de la orden franciscana. Tras la mujer, se ubica el oficiante, acompañado de frailes de la orden, y un acólito, quienes portan el crucifijo, los cirios y el incensario (Bolaños, 2014, pp. 182- 183), en clara alusión al acto final de bendición del cuerpo.
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