Pulvis et Umbra
25 inframundo. Esta ceremonia queda claramente graficada en el Libro de los Muertos de Hunefer, texto funerario que narra los protocolos de preparación de los difuntos en su viaje a través del inframundo ( La Duat ) y el paraíso ( Aaru ). En uno de los fragmentos de este papiro, observamos a la momia del escriba real Hunefer soportada por el dios Anubis, guardián de la necrópolis y patrón de los momificadores. Frente al sarcófago, la esposa y la hija del fallecido se lamentan ante su partida. Tras ellas, tres sacerdotes transportan en sus manos diversos utensilios con los cuales llevarán a cabo el ritual de apertura de boca y ojos de Hunefer, marcando el inicio del viaje al Más Allá. En la antigua Roma, las exequias se organizaban de acuerdo con el estatus del difunto. Para los patricios, estas ceremonias reflejaban la pompa y solemnidad de un rito en el que músicos, actores y plañideras acompañaban el cuerpo hacia su incineración. En contraste, el cortejo fúnebre de los plebeyos era más austero y fina- lizaba con la inhumación del cadáver. En el caso de los esclavos, no había ceremonia alguna: sus cuerpos eran simplemente arrojados a una fosa común. Como parte del ritual funerario, fue costumbre en Roma redactar un testamento en el que se dejaban especificados todos los aspectos implicados en el funus (funeral): Cómo ser amor tajados […], qué tratamiento final darles a nuestros despojos […] cuántas misas u obras pías deben llevarse a cabo en nuestra memoria y mayor gloria, qué tipo de tumba queremos […], con qué iconografía funeraria acompañarla, qué identidad o identidades sociales elegimos para ser destacadas en nuestro epitafio […], o quién ha de encargarse del cuidado y conservación del sepulcro, por los siglos de los siglos (Vaquerizo, 2008, p.130). En atención a los principios que rigen el testamento, queda en evidencia la pragmática de los romanos frente a este ritual que enaltecen gracias al f onus publicum y la laudatio funebris (Vaquerizo, 2008, p. 130). A través de estas dos instancias públicas, se honra la memoria de los ciudadanos nobles del imperio. En este sentido, el ofrecer un ritual y una tumba acorde otorgaba dignidad al fallecido y evitaba que el alma fuera con- denada a vagar sin descanso: “Los romanos pensaron de forma mayoritaria que sus muertos seguían viviendo en la tumba, donde el alma, en forma de sombra, se man- tenía en relación directa con el cuerpo, habitando para siempre su eterna morada” (Vaquerizo, 2008, p. 131). A diferencia de los romanos, los cristianos separan el mundo de los vivos del de los muertos, a partir de la promesa de la resurrección. Bajo esta lógica, el rito fune- rario se entiende como una instancia de acompañamiento del fallecido en su tránsito
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