Pulvis et Umbra
24 manifiesto el hecho de que “el hombre es el animal que entierra a sus muertos” (Thomas, 2024, p. 11). La acción de enterrar a los difuntos responde al surgimiento del sedentarismo como forma social y al horror que implica presenciar el proceso natural de corrupción del cuerpo. Estos primeros rituales son considerados una forma de culturización de la muerte, la cual se materializa a través de la definición de un espacio funerario, del tratamiento del cadáver y de las acciones de ofrendas (Andrés, 2003, p. 19). En estos primeros comportamientos funerarios prevalece la inhumación por sobre la incineración; pese a que esta última ya existía, no era asequible a todos. La incineración manifestaba la necesidad de un sistema de ideas complejo, de una inten- cionalidad y de requerimientos técnicos más elaborados (Andrés, 2003, p. 22). En la cultura megalítica se logra establecer una separación clara entre el es- pacio de los vivos y el de los muertos a través de la construcción de dólmenes (en bretón “mesa de piedra”), un tipo de sepulcro “colectivo donde los cuerpos son depositados sin ser cubiertos de tierra, tratándose de enterramientos múltiples o colectivos en los que se van arrinconando los individuos a medida que se introducen nuevos cadáveres” (Llorens, 2006, p. 20). El ritual funerario, en el antiguo Egipto, era considerado un acontecimiento de carácter religioso y social, cuyo fin era “asegurar el bienestar del difunto, de su Ka (fuerza vital) y de su destinada existencia como espíritu” (Morales, 2002, pp. 124-125). La momificación del cuerpo del faraón y de personalidades influyentes tenía como misión conservar el cuerpo y evitar su descomposición: El cuerpo se preservaba de diferentes maneras: en general, tras la extracción de los órganos internos, se procedía al vendado con vendas de lino e impregnado con diver- sas sustancias que conducían a la absorción del agua contenida en los tejidos humanos (Labajo et al., 2013, p. 117). Mediante este proceso se garantizaba que el difunto transitara de buena forma al Más Allá (Morales, 2002, p. 126). Tras la momificación, el cortejo fúnebre emprende su travesía por el río Nilo, para concluir en la puerta de la tumba real. En ese lugar se dejará el sarcófago con la momia y su ajuar, lo que da paso al ritual de “Apertura de la boca y los ojos” 1 con el fin de dotar al fallecido de sus cuatro sentidos en su viaje al 1 Este ritual en un primer momento tuvo un carácter simbólico sobre una estatua que representaba al difunto. Posteriormente, pasó a realizarse directamente sobre el cadáver, previo a su embalsama- miento.
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