Pulvis et Umbra

17 el 8 de diciembre de 1873, obra “del escultor francés Alberto Carrier–Belleuse” (Lavín, 1947, p. 62). Es de bronce y lo compone una virgen, que está de pie, sobre un pedestal, im- plorando misericordia con sus brazos extendidos hacia el cielo. Junto a ella se dispone una serie de figuras alegóricas que coronan el pedestal con expresión doliente. Tanto la estatua como una curiosa pirámide (columna de los cuatro escritores con medallones en relieve) forjaron una tradición en la Alameda del siglo XIX. Monumentos repudiados y exiliados de los centros oficiales de la ciudad y relegados a retiros más excéntricos. “Así pasaron a ser los bienes totales del circuito y el más discreto complemento a la importante galería de estatuas que en los campos santos realzan los monumentos funerarios en la sombra de los graves cipreses” (Lavín, 1947, p. 62). Su ubicación primitiva estuvo en los jardines del Con- greso Nacional de Chile, lugar del que fue trasladada a la plazuela del Cementerio, donde se localiza actualmente. En época más tardía, se construyeron los portales que rodean dicha plaza. La conformaban alrededor de 40 recintos para uso exclusivo del personal del Cementerio General. Se utilizaban para bodegas, sanitarios, salones de refresco para, posteriormen- te, pasar a ser utilizados como viviendas y conventillos, actualmente en desuso. El modelo de construcción del Cementerio General fue tomado del Cemen- terio de Lima, antigua capital virreinal. Su forma alargada y angosta cubre una superficie de 86 hectáreas, alrededor de tres cuadras y una fracción. Su terreno era óptimo desde todo punto de vista: suelo parejo, seco y cascajoso. La proximidad al Cerro Blanco per- mitía utilizar su piedra en la construcción de la obra. El terreno ya estaba tapiado, lo que ayudaba a que el trabajo que se llevara a cabo en su interior se realizara con tranquilidad y sin perturbaciones de ninguna clase. Su costo fue conveniente y los religiosos domini- canos aportaron con fondos anexos para sus propias sepulturas. También se consideró que dentro de los terrenos se destinara un lugar para el entierro de aquellos extranjeros que no mantuviesen como dogma la religión católica. Habían llegado a Chile desde los primeros días de la Independencia algunos militares y comerciantes extranjeros, y no había sepulturas para ellos por ser protestantes: En 1819 el progreso general de las ideas de tolerancia religiosa i más que nada el carác- ter progresista e ilustrado del Director Supremo, infundieron confianza a los disidentes extranjeros i los alentaron a hacer una solicitud para reclamar el derecho de cemente- rio. Con fecha 30 de noviembre de 1819, 48 extranjeros protestantes en su mayor par- te ingleses se dirigieron al gobierno representando el derecho que tenían al respeto de sus creencias i pidiendo que se les concediese permiso para comprar en las inmediacio- nes de Santiago i Valparaíso, un terreno a propósito para enterrar a los muertos según

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