Pulvis et Umbra

15 La idea anterior también se puede fundamentar atendiendo a que, en épocas anteriores al siglo XVII, los enterramientos se realizaban en y alrededor de las iglesias y, por lo tanto, en el centro de las ciudades, lo cual quiere decir que los muertos y los ritos se habrían reunido en el punto neurálgico de nuestra vida cotidiana. A partir de los siglos XVIII y XIX este modelo referencial cambió. La expulsión de los muertos de los conjun- tos aglomerados provocó la expulsión de los muertos de nuestras vivencias diarias. Pero esto solo ha sido una entre las muchas transformaciones en lo que respecta a la imagen del ser humano con relación a la muerte, ya que el cementerio como espacio siempre ha estado ligado a la espiritualidad de lo humano. Sin embargo, el cambio más profundo ha sido la influencia de la modernidad. Esto se puede obser- var, por ejemplo, en el paso de las reglamentaciones de la Iglesia sobre los cemente- rios a la instauración de una racionalidad administrativa, que se consolida a mediados del siglo XIX y que constituye un objetivo importante de la utopía urbana moderna, que ha eliminado normativamente lo que considera como múltiples contradicciones de la sociedad y, en consecuencia, señala a las personas como iguales ante la muerte. En otras palabras, lo que tenemos ante nuestra mirada es un reflejo, visto desde la funebria, del avance y consolidación de la modernidad en la vida cotidiana. En la perspectiva de la modernidad, el problema de la muerte connota pre- ocupación pública, en la cual la tumba o construcción funeraria representa y refleja la continuidad social. Por tanto, el cementerio será el sentimiento de la continuidad de la urbe y de la humanidad, donde el culto a los muertos, por tratarse de una represen- tación de la civilidad y de sus creencias, será un aspecto de primera importancia. El Cementerio General o Panteón, como primero se denominó, quedó loca- lizado en forma definitiva al norte del río Mapocho, en uno de los límites suburbanos de la ciudad, llamado Barrio de la Chimba. Chimba viene del quechua “chimpa” y significa el terreno, barrio o localidad situada al otro lado del río. Por eso Santiago, como Lima y otras ciudades americanas, tienen su chimba y sus chimberos. El nombre de chimba quedó circunscrito en Santiago, desde el siglo XIX, sólo al barrio comprendido de la calle de la Recoleta hacia el oriente y después a una sola calle “La calle de la Chimba”, hoy llamada calle Dardignac (Rosales, 1948, p. 52). Allí se ubicaban el manicomio, algunos policlínicos, hospitales, cuarteles, el club de tiro, el monasterio del Buen Pastor y Purísima, y algunos edificios públicos. Este conjunto reflejaba las preferencias decimonónicas y un estilo muy propio del país. En general

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