Pulvis et Umbra

14 Aunque a primera vista no lo parezca, los cementerios sintetizan la dimensión simbólica de la sociedad en su totalidad. En efecto, estos lugares pueden ser enten- didos como instituciones culturales en las que no solo se conservan los restos de los seres humanos, sino también sus espíritus, de modo que se convierten en espacios abstractos, dedicados a los que mueren, y en espacios concretos, para los vivos. Los cementerios son obra de las comunidades a las que pertenecen y, por ello, tienen entre sí grandes semejanzas y mutuas interrelaciones: las comunidades crean cemen- terios y estos moldean a las comunidades. Un aspecto que llama la atención cuando se reflexiona desde esta perspectiva es que a los cementerios solo se les reconoce su carácter público a partir del año 1763, como si antes su dimensión pública estuviese oculta o, mejor dicho, como si la dimen- sión privada de la cultura hubiese logrado hegemonizar las representaciones simbólicas de los cementerios. Las causas del cambio del ámbito privado al público en la funebria consideran argumentos como el aumento de población, las prescripciones y normativas políticas de la época. Sin embargo, son fundamentalmente razones históricas, senti- mentales, religiosas, estéticas y de salubridad las que conducen a los habitantes de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX a abandonar la antigua tradición de enterrar a los muertos en los patios o en el interior de las iglesias. A pesar de la pugna constante que dio la Iglesia —a través de sus concilios, sínodos, leyes y autoridades civiles—, se impone la construcción de cementerios en lugares externos a las ciudades, una norma aplicable tanto en España como en sus colonias en América. Es de esta manera que, recién en el transcurso de los siglos XVIII y XIX, los cementerios se constituyen en verdaderos espacios singulares, ya no repletos de tumbas anónimas, sino caracterizados por la individualidad e incluso por grandes monumentos que ocupan y conforman toda una topografía funeraria típica. Este nuevo espacio fu- nerario tendrá tumbas visibles para pobres, ricos y humillados. Poseerá construcciones simples, pero también otras muy decoradas. Se manifestarán en él grandes corrientes artísticas, como el clasicismo, el barroco y el romanticismo, pero representará, a fin de cuentas, el comportamiento valórico de la sociedad total; es decir, su cultura. Por eso se puede afirmar que la funebria es una posibilidad del análisis cultural. El cementerio es un espacio doblemente idealizado, es como una ciudad donde reposan los muertos, pero al mismo tiempo es la reproducción a pequeña escala del orden social, político, económico y religioso de los vivos. Por ejemplo, así como algunos experimentan su vida llenos de riquezas y otros no, en el cementerio algunos dispon- drán de espaciosas tumbas y otros, de mínimos metros para ocupar.

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