Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)
270 estaba lejos de todos, familia, amigos, compañeros. Sentimientos que ocultaba muy bien y que los expresaba escribiendo su sole- dad, tristeza y añoranzas en largas cartas que luego quemaba en la cocina: “Así se van las penas y no vuelven”, confidenciaba. Pero las penas volvían y se quedaban. De su dolor más grande no hablaba. Se obligaba a enmudecer y a buscar otras realidades para acallar su dolor lacerante y perma- nente: “No lo hablo, no lo cuento, no lo comento porque así apago esta horrible herida que no se cura con nada”. Sin embargo volvía, volvía y volvía y cada día más fuerte. Entonces buscó algo que “la atontara” y descubrió la adrenalina que produce el juego. El casino de la ciudad le entregaba un en- torno perfecto para anestesiar su pena infinita. El edificio de la calle San Martín pasó a ser su segundo hogar. Desde la mañana a la noche, tarde noche. Y perdió una fortuna. Con el apoyo de amigos pudo dejar el juego e instalarse en un her- moso departamento en Dos Norte, donde retomó la lectura y pa- seos por la orilla del mar. Desde esa tranquilidad pudo prepararse para la partida de su es- poso y darle una despedida serena. Lo decía casi con alegría en su viudez. “Por fin voy a volver a ver a mi niño y podré acunarlo en las noches mientras escuchamos al Topo Gigio”. Y así fue. Anita Martínez Azúa falleció en Santiago el 12 de di- ciembre de 2020. Érica Vildósola, su compañera de universidad y gran amiga en la quinta región, dejó este testimonio: El último mensaje que recibió Anita desde mi celular decía “Hoy rezaré por ti toda la noche, para que el cán- cer entre en remisión”. Al anochecer, mientras oraba, el gatito que era mi fiel compañero, de pronto se paseaba muy in- tranquilo, emitiendo ruidos extraños ¡De alguna manera pienso que su espíritu vino a despedirse! El universo siempre nos unió, primero, en nuestra niñez, fuimos vecinas en el barrio de la calle República (yo nací en la casa de mis abuelos paternos, en la calle República 237 que posteriormente sería la Universidad Andrés Bello). Seguramente nos cruzamos en la calle en un sinf ín de ocasiones, ignorando que a los 17 años seríamos compañeras de curso en nuestra amada Escuela de Pe- riodismo. Anita era para mí, un ejemplo de vida, súper madura emocional- mente, extremadamente responsable en todos los ámbitos de su existencia y lo más importante, con un corazón noble y genero- so. Mis hijos sentían un cariño profundo por ella, la consideraban una amiga-hermana para mí y familiar de ellos. Además decían que era muy bonita, elegante, muy chic y una excelente periodista. Anita, has dejado una huella en nuestra existencia que perdurará hasta el último día de nuestras vidas. Sigues viva en los recuerdos de tantos momentos compartidos. Los colegas de Anita del Colegio de Periodistas, tanto de Santiago como Valparaíso, compartieron este texto a su memoria: Con sus compañeras de Periodismo. Érica Vildósola, Luz María de la Vega, Norma Berroeta, Anita Martínez, Elena Gaete y Ximena Ortiz. En primer plano: Anita Luisa Torrejón.
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