Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)

Para que nadie quede atrás 255 Las historias familiares comienzan lejos en el tiempo y a veces en otro continente. La de Carmen Grandé Alonso empieza con un inmigrante que llegó a Chile sin nada, pero con una voluntad in- quebrantable de construir un futuro. Todo ocurrió mucho antes de su nacimiento, con la historia de su abuelo materno, Maximiliano Alonso, un inmigrante que vino al Nuevo Continente sin nada más que su voluntad de trabajar. Nunca supo Carmen las razones por la que su abuelo materno Maximiliano Alonso decidió venirse a Chile. No tuvo claro desde qué lugar de España había partido. Si desde Galicia, León o Madrid. Esos eran lugares donde se trabajaba en curtiembres de animales a mediados del siglo 19. Y era lo que él dominaba. Luego de arribar a Valparaíso se trasladó a Santiago, donde comenzó trabajando en una curtiembre perteneciente a un empresario local. “Era metódico, disciplinado y perseverante, y entre 1913 y 1917 ahorró cada peso que ganaba,. Su dedicación no pasó desapercibi- da. Con el tiempo, el dueño de la curtiembre le ofreció convertirse Carmen Grandé Alonso SU AMOR POR LA CULTURA Y LA FAMILIA Por Luz María de la Vega Carmen Grandé Alonso: alegre, graciosa y amante de la familia. en socio del negocio, vendiéndole el 50% de la empresa. Años más tarde, Maximiliano logró comprar la totalidad de la curtiembre, convirtiéndose finalmente en su propietario. Y posteriormente instaló su negocio en la gran casa que se compró en Santiago, en la calle Rosas. Allí nacieron las hijas Lidia, Tila y Negra. Todos vivie- ron juntos como él siempre quiso”, recuerda su bisnieto Cristóbal Pinilla Grandé. Lidia Alonso Cuesta se enamoró de Raúl Grandé Varas, y su madre Sof ía Varas Carrizo le sugirió a Raúl que si querían formar una fa- milia, debían hacerlo en su propio hogar, como lo había hecho con su marido Ricardo Juan de la Cruz Grandé Leyton. El 2 de julio de 1943 Raúl y Lidia se casaron, y adquirieron una casa, con un jardín para cultivar rosas que tanto le gustaban a su mujer. Las mismas que después su hija Carmen amó y cuidó cuando fue creciendo. Allí nacieron Ricardo Maximiliano, Carmen Sof ía (desde pequeña empleó el apodo Coca, porque a su hermano Ricardo todos le lla- maban Coco), Lucía (que sólo vivió dos meses) y María Antonieta. Ninguno de los Grandé Alonso vive. La hija mayor de Carmen,

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