Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)
256 la fotógrafa Carla Pinilla Grandé, décadas más tarde, está hoy en esa misma propiedad de la comuna de Ñuñoa, donde vivieron sus abuelos y hermanos de su madre. Y recuerda con amor a sus ances- tros, transparentando el cariño por esos abuelos y por su madre. Carmen Sof ía Grandé Alonso nació un 30 de mayo de 1945. Como otras personas del signo Géminis fue siempre curiosa, extravertida, ingeniosa, comunicativa y profundamente interesada en el mundo que la rodeaba. Se definía a sí misma como una persona sensible, pero fuerte. Era amable con todos y repetía una frase que reflejaba su manera de ver la vida: “Hay que ser adictos a los pensamientos bonitos”. Amaba la paz en el mundo, y sentía una conexión especial con los perros y gatos “que se comunicaban con su alma” y disfru- taba de la fotograf ía, en especial de los atardeceres con paisajes hermosos. Amó siempre el mundo de la cultura, la música, la lite- ratura, el ballet, la ópera, la obra de grandes pintores. En 1964 llegó el momento de decidir qué estudiar. Carmen ingre- só a Pedagogía en Francés, en la Universidad de Chile, porque a su padre no le gustaba que optara por Periodismo, que era lo que a ella le apasionaba. Pero no se resignó. En secreto comenzó a asis- tir como oyente a clases en la Escuela Periodismo, que estaba en el mismo campus universitario. Sentía que ese era su verdadero camino. Con perseverancia logró dos años después cambiarse de carrera. “A pesar de que el abuelo se lo prohibió mi madre logró estudiar la carrera que le gustaba. Claramente ella tenía todas las capacidades y sobresalía en lo que hacía”, cuenta su hijo Cristóbal Pinilla Grandé. Vocación por el periodismo Carmen amó el espíritu que allí se respiraba. Le encantó tener como profesores a escritores importantes como Poli Délano, Ariel Dorfmann, Antonio Skarmetta, Cesar Bunster, entre otros. Mu- chos ramos generales no los tomó, porque ya los tenía aprobados en su paso por Francés. En la universidad se volvió inseparable de Angélica Villarroel (Kika). Se hizo amiga de compañeros que venían de provincia y vi- vían en el pensionado de Eduardo Castillo al llegar a Macul. Ya no la llamaban Carmen sino Coca Hina, nombre que después utilizó en Facebook para identificarse. Su compañero de Escuela Nelson Sandoval recuerda esos momentos: “Conversábamos mucho. Era una excelente persona. Sabía de las privaciones de los estudiantes de provincia, nos invitaba a almorzar porque vivía cerca. Me regaló una chomba”. También Ricardo Rementería, otro de los estudiantes de ese mo- mento, rememora: “Vivíamos en el Pabellón 5, que era sólo para es- tudiantes hombres de provincia. Kika y Coca nos tiraban piedrecitas a nuestras ventanas y bajábamos a conversar con ellas. La Kika era de una personalidad muy fuerte y llevaba la batuta. Íbamos a tender- nos al pasto de los jardines del Pedagógico, yo no fui a su casa. Coca era muy tranquila, más bien seria, pero sonriente. A veces hacíamos trabajos juntos. Hubo una relación de amistad, pero no pololeo con ninguna de las dos. Esto fue entre 1966 y 1968, yo después conocí a la flaca, María Clara Illino, quien sería mi esposa”. Jorge Argomedo, también com- pañero de escuela, agrega: “Es- tuvimos juntos en un par de ca- rretes. Por supuesto con la Kika Villarroel. En ese tiempo era im- posible ver a la Coca sin la Kika. Si veías a una sabías que la otra no estaba a más de un metro de distancia”. En La Nación: Carmen, Miguel Humberto Aguirre, Ruby Weitzel y Silvia Contreras. Coca, Carmen Grandé, y Kika, Angélica Villarroel. Amigas inseparables en la Escuela.
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