Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)

Para que nadie quede atrás 251 Cuando en plena dictadura Eliana Cea y María Teresa Zegers abrieron la librería Rayuela en el centro de Santiago recibían cons- tantes consultas sobre “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, prohibido por la dictadura en Chile. María Eu- genia viajó a Buenos Aires y Eliana le pidió que trajera algunos ejemplares. “¿Cuántos?”, le preguntó. “Unos veinte”, le respondió en broma. A su regreso de la capital argentina, María Eugenia llegó hasta la librería cargando una mochila con 23 copias. Se las arregló para sortear los controles en Ezeiza y Pudahuel y cumplir el encargo de su amiga. Muy temprano, Eliana instaló en el grupo la importancia de una habitación propia (de Virginia Woolf ), pero actualizada a nuestra época, sin amarres al lecho matrimonial, un cuarto propio para ser individuo, para estar con uno misma o leer y escuchar música libremente, sin perturbar al otro. Un tema que María Eugenia fue permeando a otros grupos de tertulias en los que también partici- paba con demás colegas y amigos. Y que al parecer no eran pocos. María Eugenia Borel, esta mujer especial, combatiente y vence- dora de muchas batallas en la vida, luchó en sus últimos años con un cáncer al páncreas y lo mantuvo a raya a fuerza de voluntad hasta que partió de este mundo un 19 de abril del año 2025. Las venas abiertas Cita en Algarrobo. Con Gustavo González, Cristián Bustos y Federico Gana.

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