Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)

250 En momentos cruciales, María Eugenia (la Borel o la Coné como solíamos llamarla) multiplicó la solidaridad que siempre la carac- terizó para ayudar a salir de problemas personales, esta vez, alber- gando, entre otros, a estudiantes extranjeros y periodistas acosados por los militares. Valerosa acción de la que no hablaba, mantenien- Valerosa y reservada Producto de nuestras conversaciones e intereses comunes, ambas concordamos en hacer una investigación histórica de otros paí- ses de la América Latina para entender lo que estaba pasando en Chile. Dividimos nuestras tareas, guiadas por Gustavo González Rodríguez. Fue poco lo que logramos avanzar, porque sobrevino el golpe militar. do celosamente reserva, aún con el retorno a la democracia. Muy independiente, implacable cuando correspondía serlo y en- tusiasta del tenis, poco a poco fue ganando más amigas y amigos. Tenía el don de escuchar e interesarse en variados temas, aunque la contingencia política –de la cual se preocupó de mantenerse actualizada hasta el final de sus días–, era lejos el tema que más le apasionaba y sobre el cual tenía fundadas opiniones. En lo pro- fesional no se dedicó a ese tema, optando por otro derrotero que la llevó a ser editora de contenidos en la sección comercial en El Mercurio, donde laboró durante 23 años hasta su jubilación. Nunca dejó de cobijar y apoyar o buscar ayuda para colegas y familiares que por distintos motivos personales atravesaban por duras experiencias. Literatura, historia, filosof ía, música y cine, aparte de otros temas contingentes y el rol de la mujer y del hombre en la sociedad, eran parte de los tópicos en las tertulias que participamos durante más de una década, con un grupo de cinco colegas, lideradas por nuestra brillante amiga Eliana Cea. Los encuentros mensuales al almuerzo, partieron en el restaurante del Círculo de Periodistas y luego en el casino de una caja de compensación ubicada en el centro. Encuentros ricos en discusiones y opiniones, a veces divergentes y subiendo de tono, a veces más consensuadas, para finalmente salir contentas tras alimentar el espíritu. Relatos de experiencias y anécdotas de viajes dentro o fuera del país ayudaban a darnos una perspectiva más amplia y dieron lugar a cariñosos intercam- bios de regalos, música y libros entre otros, así como enriquecer la agenda con nuevos temas y aprovechar el panorama cultural. Gran anfitriona, el frondoso jardín de su casa fue parte de me- morables encuentros al que alternadamente en su hogar o el mío, una vez al año se unían nuestras parejas quienes incorporaban sus profundos saberes en el ámbito político, histórico y literario. María Eugenia (al centro) con las periodistas María Angélica de Luigi y Carmen Imperatore

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