Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)

248 y escaleras del Hospital Paula Jaraquemada hasta la Maternidad en el piso 7, para cono- cer a la guagua. Las enfermeras las odiaron. Éramos muy distintas, ella adoraba el perio- dismo y yo el cine y las comunicaciones. Era ordenada y yo no. Cuando estábamos labo- ralmente activas, nos veíamos poco, pero hablábamos siempre. Nunca pasó una sema- na sin que nos llamáramos para ponernos al día. Fue mi hombro y oreja en las alegrías y pesares, compartimos recetas, chismes, fo- tos y videos de nuestras pasiones felinas. Ya más grandes y jubiladas, le gustaba venir a desayunar o almorzar, comer guatitas y com- partir una copa. Adoptó y quiso a mis cuatro hijos, a Alejandro y a nuestras gatas y plan- tas. Hace más de 20 años nos regaló un liqui- dámbar, que la recuerda a la entrada de casa. Fue un personaje mágico en aquellos años mágicos, previos al golpe de Estado, en la Escuela que colindaba con el Pedagógico. Susana Vásquez, nuestra compañera ecuato- riana, la recuerda así desde Grecia: “María Eugenia, en la calle Los Aromos, me encuentra su sonri- sa inigualable, cercana, su humor, su ironía, su pensar profundo. ¡Qué regalo su amistad! Y hasta hoy y entonces, recién llegada a la Escuela de Periodismo en Los Aromos, desde Quito, bella capital provinciana de los años setenta. ¡María Eugenia, presente!”. La última vez que nos vimos, yo iba de viaje, me mandó a descan- sar, a vaciar la mente de deberes y compromisos, nos despedimos cariñosamente. Seguimos con mensajes y dos días antes de partir me dijo: “Mañana va a ser mejor, besos para todas y todos”. Compartimos 55 años de amistad pura y dura. Un regalo de la vida. María Eugenia Borel y RuthMarianela Velasco.

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