Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)

240 Quizás en el encierro de la jaula, Hernán recordaba los polvorientos caminos de su Quillota natal de aquellos años cuarenta. Y los días de septiembre en que aparecían los circos recorriendo los campos chilenos con monos, elefantes y tigres que hacían las delicias de los chiquillos. En esos años de su infancia, rodeado de cerros, natura- leza frondosa y cielos surcados por pájaros, el hábito por los libros se lo inculcó su madre. Ella era de familia campesina, pero con gran pasión por la lectura. Hernán vivió en la tranquilidad de esa tierra rural hasta los 10 años. Una desgracia sufrida por el padre hizo que la familia optara por trasladarse a vivir a Santiago. Aquí, el despertar literario se produjo a los 11, cuando cursaba sus primeros años de básica en la Escuela 61 de San Miguel. Eran los tiempos en que los profesores influían e impulsaban la formación intelectual de sus alumnos. El maestro Jorge Soza Egaña estimula- ba diariamente a los niños diciéndoles: “escriban todo lo que vean, escriban”. Influyó también en Hernán, Rafael Coronel, un maestro ecuatoriano, radical y republicano. En una clase pidió a sus alum- nos escribir un soneto en el pizarrón. Hernán lo hizo en forma tan correcta que el profesor exclamó: “Éste va a ser un poeta”. Así, en esa modesta aula de clases de un colegio público recibió su primer reconocimiento literario. Luego trabó amistad con un poeta y li- A sus 28 años Hernán Miranda se hizo conocido. Y fue ese Pre- mio él que lo catapultó a aparecer en diarios y revistas culturales y ser considerado una promesa de la poesía chilena. Posteriormente recibió otros importantes galardones, como el Premio de la Mu- nicipalidad de Santiago y el Altazor. El Premio de La Casa de las Américas de Cuba lo recibe en 1976 cuando estaba exiliado en Buenos Aires, donde también imperaba una dictadura. Fue así que no pudo viajar a recoger el diploma, el cual le fue enviado por correo cer- tificado junto a los dó- lares que mucha falta le hacían en el exilio. Desde su primer libro “El Arte de Vaticinar” en 1969 hasta “Poesía Reu- brero de La Cisterna, Rafael Hurtado, quien le prestó los primeros libros de poetas populares. Aún Hernán no llegaba a los 15 años. Posteriormente, su ingreso al Pedagógico de la Universidad de Chi- le le permitió integrar el círculo de poetas y escritores jóvenes, y entró de lleno en el mundo de la intelectualidad de la época. Allí cultivó una profunda amistad por años con Nicanor Parra, quien lo acompañó en su cautiverio en el Zoológico de Santiago. Catalogado miembro de la Generación del 60, su consagración es- talla en el año 1969, el mismo año en que entró a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, cuando recibe cuatro im- portantes reconocimientos: Premio Concurso de Poetas Jóvenes organizado por la FECH. Mención Honrosa del Concurso “Gabrie- la Mistral” de la Universidad de Santiago. Primer Premio del Con- curso de Poesía para Poetas de hasta 30 años de las Juventudes Co- munistas y primer premio en el Concurso de Poesía de la Facultad de Filosof ía y Educación de la Universidad de Chile, cuyo Jurado lo integraban nada menos que Pablo Neruda, Jorge Tellier, Nicanor Parra y Juvencio Valle. Un temprano despertar literario “Díganle que se promocione” El mayor orgullo del Círculo de Periodistas Hernán estudiante, en el extremo derecho de la imagen. Visita a salitrera Pedro de Valdivia con el profesor Alfredo Lieux

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