Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)

Para que nadie quede atrás 237 nos las nuevas autoridades de la empresa, que ahora se llamaba Editora Gabriela Mistral y la dirigía Diego Barros Ortiz, un ex co- mandante de aviación. Cuando le tocó el turno a Lidia le pregun- taron dónde trabajaba y ella contestó que en Documentación y el funcionario que se creía milico le respondió con un grito …“váya- se a ordenar los libros”. Su trabajo no duró mucho pues le dieron vacaciones anticipadas y a su regreso la despidieron. Lidia empezó entonces la búsqueda de empleo, lo que no era fácil dada su condición de upelienta. Pero logró, después de un tiempo, hacerse cargo de unos boletines para los supermercados Unicoop y para Pizarreño. Y así fue equilibrando la economía hogareña donde había dos hijos pequeños que alimentar y educar. Junto con ayudar a esconder gente en peligro y colaborar en otras funciones clandestinas, Lidia también se preocupó de atacar a la dictadura por el frente de la libertad de expresión y de prensa. En 1979 la dictadura cometió un gran error al querer eliminar el ran- go universitario de la profesión, dejándola relegada a los institu- tos profesionales. Eso provocó un gran descontento en el gremio y en los propios estudiantes de las escuelas de Periodismo que vieron la necesidad de organizarse y formaron la Agrupación de Periodistas Jóvenes, integrada por estudiantes de las cinco escue- las universitarias donde se impartía la profesión. Ellos se sumaron a la labor que desarrollaba el Colegio de Perio- distas, que fue el primer organismo gremial en salir a protestar a la calle en contra de la censura y la falta de libertad de expresión. A esto se añadía la decisión de la dictadura de convertir los cole- gios profesionales en asociaciones gremiales, quitándoles todas sus atribuciones sobre sus colegiados. Ambos hechos hicieron que decenas de colegas, que hasta entonces habían estado pasi- vos, se sumaran a la lucha generalizada contra la dictadura. Lidia tomó una decisión audaz, incorporándose al trabajo de la directiva que se mantenía en sus cargos desde 1971. Tras el golpe, los dirigentes de izquierda, por decreto del Ministerio del Interior, fueron reemplazados por periodistas partidarios de la dictadura. La idea de quitar el rango universitario a Periodismo causó tanto revuelo que se convocó a una asamblea general que en el teatro Camilo Henríquez, encabezada por el entonces presidente Lisan- dro Cánepa Guzmán. Allí hizo su debut Lidia con un texto elabo- rado en conjunto con otros colegas, en el que no sólo reclamaba por las últimas disposiciones, sino que, con voz temblorosa, de- nunciaba los hechos que en los últimos siete años habían dañado profundamente la profesión. “Mi presentación entregaba rápida, concisa pero exhaustiva cuen- ta de estas agresiones, incluyendo la ejecución de Carlos Berger, director de Ramona y de radio El Loa y la detención con desapa- rición de los periodistas cuyos casos yo más conocía entonces: Guillermo Gálvez, Máximo Gedda y Diana Arón”. Así recordaba ese momento crucial en sus memorias. Otros hechos vendrían a enturbiar más las relaciones entre el gremio y la dictadura, hasta que ya convertidos en asociación gremial descubrieron que en tanto pasaban a ser de afiliación vo- luntaria, no tenían prohibición de elegir a sus autoridades. Eso allanó el camino para que a fines de 1980 el demócrata cristiano Ignacio González Camus fuera elegido presidente del Colegio de Periodistas y Lidia consejera con mayoría de votos y en represen- tación de la Izquierda Cristiana. Con diversos cargos, incluyendo el de secretaria general del Con- sejo Nacional, mantuvo su labor gremial hasta 1994. Y después Lidia en animada reunión en Las Lanzas, con Ethel Pliscoff, Angélica Beas, Hugo Guzmán y Doris Jiménez en primer plano.

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