Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)

236 Con todo el empuje de su juventud, Lidia parecía una hormiga tra- bajando, estudiando, viajando y asumiendo sus propias contradic- ciones. Por esos años su corazón se enredó con un hombre casado y luego con otro... también casado. Atractiva, llamaba la atención con sus grandes ojos azules y su hablar suavecito, lo que no les qui- taba contundencia a sus opiniones. Su trabajo en la revista Ecran terminó abruptamente en 1964, cuando renunció en solidaridad con la directora Marina de Nava- sal, quien dejó su cargo por problemas con los ejecutivos de la em- presa Zig Zag. Pero siguió haciendo clases, enseñando a apreciar el cine como arte a los alumnos de Periodismo y en la OCIC. El año siguiente postuló a una beca que ofrecía la embajada de Francia para perfeccionarse en París. Para obtenerla necesitaba el título de periodista, algo que ni se había preocupado de conseguir dado su intenso trabajo. Rápidamente se puso a elaborar una tesis que tituló “Apuntes para la historia del cine” obteniendo su título en agosto de 1965. Esos mismos Apuntes le sirvieron para sus cla- ses de Periodismo Audiovisual que impartió en la Escuela de Perio- dismo de la Universidad de Chile desde 1963 hasta 1970. En París, junto con asistir a sus clases se reencontró con su amiga Marta Harnecker, quien había abandonado la psicología y el catoli- cismo y estudiaba marxismo con el teórico Louis Althusser. No era la única, otros jóvenes chilenos que habían viajado a hacer su post grado también estaban atraídos por el marxismo. Eran los años 60 de plena efervescencia de las ideas progresistas. Para Lidia, católica observante, todo eso todavía le sonaba lejano. La mítica revista Ecran con Brigitte Bardot en portada, 1959. Fue recién en los comienzos del gobierno de Salvador Allende cuando comenzó a acercarse a posiciones de izquierda, hasta que en 1971 se afilió a la Izquierda Cristiana, partido nacido de una de las tantas divisiones de la Democracia Cristiana. Trabajaba entonces en el departamento de Documentación de la editorial Quimantú. El día del golpe de Estado cumplió, como casi todos, con el deber de concurrir a su puesto de trabajo. Así lo hizo, acompañada de su marido Claudio Verdugo quien, transcurrido un rato, la invitó a abandonar el lugar al saber que no había cómo defenderse de los militares que rodeaban el edificio. Las horas siguientes las vivió como todos, encerrados en sus ca- sas, escuchando las radioemisoras con la remota esperanza de oír algo que no fueran bandos militares. Entonces comenzó la búsqueda de emisoras de onda corta para saber qué se decía en el extranjero. Esto, unido a los llamados telefónicos de amigos y parientes que poco y nada podían añadir, salvo que estaban vivos. Semanas después Lidia comenzó, como muchos otros, el trabajo de ayudar asilando compañeros en peligro, ya sea en su propia casa o llevándolas a alguna embajada. En paralelo hacía la fila que todos los trabajadores de Quimantú hicimos las primeras sema- nas post golpe, para presentarnos al llamado que podrían hacer- Hacia la izquierda

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