La palabra maldita y otros escritos urgentes

82 son personas de toda calidad, aunque vayan des- peinados y en harapos, o tengan lengua alácrita de más como Quevedo. Una biblioteca, en ciudad pequeña, puede vol- verse mejor que en ninguna parte, corro familiar de niños lectores o auditores, y frecuente tertulia de adultos. Ella puede salvar a los hombres de la can- tina mal oliente y librar a los chiquitos de la juga- rreta en la vía pública. Pero el arte del bibliotecario es difícil: él tiene que crear el convivio de sus lecto- res en torno de unos anaqueles severos y fríos, y el nuevo hábito le costará bastante hasta que quede plantado sobre la piedra de la costumbre vieja, que es muy terca. Para llegar a esto, la biblioteca de la provincia ha de volverse «cosa viva» como el bra- sero de nuestros abuelos que llamaba a la familia con sus brillos y su oleada de calor. La vida de las poblaciones pequeñas es un poco laxa, apática y mortecina. Los centros creadores de calor humano son en estos pueblos la escuela, los templos, la biblioteca. Si todos ellos colabora- sen, no habría poblaciones indiferentes y sosas.

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