La palabra maldita y otros escritos urgentes
83 Es preciso que el bibliotecario luche con la desa- brida persona que se llama indiferencia popular. Cuando la biblioteca es primera y única, los visitantes miran con desasimiento estos anaqueles alineados que se parecen a los nichos del cemen- terio. Entonces, hay que calentar los rimeros de libros hasta que cada uno de estos cobre bulto y calor de seres vivos. Son el bibliotecario o la bibliotecaria quienes irán creando la tertulia de los vecinos de esta sala; ellos darán reseña excitante sobre el libro desco- nocido; ellos abrirán la apetencia del lector reacio, leyendo las páginas más tónicas de la obra con gesto parecido al de quien hace aspirar una fruta de otro clima, hasta que el desconfiado da la primera mor- dida. A las frutas se parecen por ejemplo los libros de poesía: vuestro López Velarde vale por un ten- dal de fresas y Díaz Mirón, por una granada recia y fina. A veces sin leer ningún texto, una biogra- fía corta y movida despereza la curiosidad del lec- tor hacia el autor remoto o el libro duro de majar. Las bibliotecas que yo más quiero son las pro- vinciales, porque fui niña de aldeas y en ellas me
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