La palabra maldita y otros escritos urgentes
82 83 Es preciso que el bibliotecario luche con la desa- brida persona que se llama indiferencia popular. Cuando la biblioteca es primera y única, los visitantes miran con desasimiento estos anaqueles alineados que se parecen a los nichos del cemen- terio. Entonces, hay que calentar los rimeros de libros hasta que cada uno de estos cobre bulto y calor de seres vivos. Son el bibliotecario o la bibliotecaria quienes irán creando la tertulia de los vecinos de esta sala; ellos darán reseña excitante sobre el libro desco- nocido; ellos abrirán la apetencia del lector reacio, leyendo las páginas más tónicas de la obra con gesto parecido al de quien hace aspirar una fruta de otro clima, hasta que el desconfiado da la primera mor- dida. A las frutas se parecen por ejemplo los libros de poesía: vuestro López Velarde vale por un ten- dal de fresas y Díaz Mirón, por una granada recia y fina. A veces sin leer ningún texto, una biogra- fía corta y movida despereza la curiosidad del lec- tor hacia el autor remoto o el libro duro de majar. Las bibliotecas que yo más quiero son las pro- vinciales, porque fui niña de aldeas y en ellas me son personas de toda calidad, aunque vayan des- peinados y en harapos, o tengan lengua alácrita de más como Quevedo. Una biblioteca, en ciudad pequeña, puede vol- verse mejor que en ninguna parte, corro familiar de niños lectores o auditores, y frecuente tertulia de adultos. Ella puede salvar a los hombres de la can- tina mal oliente y librar a los chiquitos de la juga- rreta en la vía pública. Pero el arte del bibliotecario es difícil: él tiene que crear el convivio de sus lecto- res en torno de unos anaqueles severos y fríos, y el nuevo hábito le costará bastante hasta que quede plantado sobre la piedra de la costumbre vieja, que es muy terca. Para llegar a esto, la biblioteca de la provincia ha de volverse «cosa viva» como el bra- sero de nuestros abuelos que llamaba a la familia con sus brillos y su oleada de calor. La vida de las poblaciones pequeñas es un poco laxa, apática y mortecina. Los centros creadores de calor humano son en estos pueblos la escuela, los templos, la biblioteca. Si todos ellos colabora- sen, no habría poblaciones indiferentes y sosas.
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