La palabra maldita y otros escritos urgentes
74 ímpetu estaba en los discursos de los «jefes». Tan callada como los terrones que voltea, en la iner- cia de ellos, que no estaban atentos sino a hacer los glútenes y las féculas, ella no aparecía en nin- gún grupo ni rojo ni blanco, y era casi fantástica esta ausencia de la criatura rural, que pasa los dos millones de nuestra población. Semejante mansedumbre ha hecho concebir esperanzas excesivas a los terratenientes. «Si ellos no se mueven, ¿a qué moverlos?», dicen. «Han de estar contentos de vivir en el suelo prestado. Déjen- los tranquilos». Yo he mirado siempre como cosa sobrenatural la paciencia campesina en la Amé- rica. Se parece a la larga paciencia de Dios, de que hablan los teólogos. Pero un Estado no puede con- tar con lo sobrenatural como con una «natura- leza», él que es laico, y menos han de descansar los terratenientes, que son grandes realistas, en estados casi angélicos de una masa como en situa- ciones que puedan durar ni aun veinte años más. Si el campesino chileno nada pide es porque no sabe que él pertenece a una familia humana que cada país ama como a su tuétano vital; que
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