La palabra maldita y otros escritos urgentes
74 75 ímpetu estaba en los discursos de los «jefes». Tan callada como los terrones que voltea, en la iner- cia de ellos, que no estaban atentos sino a hacer los glútenes y las féculas, ella no aparecía en nin- gún grupo ni rojo ni blanco, y era casi fantástica esta ausencia de la criatura rural, que pasa los dos millones de nuestra población. Semejante mansedumbre ha hecho concebir esperanzas excesivas a los terratenientes. «Si ellos no se mueven, ¿a qué moverlos?», dicen. «Han de estar contentos de vivir en el suelo prestado. Déjen- los tranquilos». Yo he mirado siempre como cosa sobrenatural la paciencia campesina en la Amé- rica. Se parece a la larga paciencia de Dios, de que hablan los teólogos. Pero un Estado no puede con- tar con lo sobrenatural como con una «natura- leza», él que es laico, y menos han de descansar los terratenientes, que son grandes realistas, en estados casi angélicos de una masa como en situa- ciones que puedan durar ni aun veinte años más. Si el campesino chileno nada pide es porque no sabe que él pertenece a una familia humana que cada país ama como a su tuétano vital; que en algunos, como Francia, forma una aristocracia moral, y que en otros cuenta medio Parlamento y medio gobierno. El cine y la revista ilustrada van a contárselo, tarde o temprano. Él verá la granja suiza y la alemana; él sabrá del banco agrario de cada ciudad y de la cooperativa próspera que sirve cada aldea. El líder que se ha callado sobre esa y otras cosas, por adulo al obrero industrial, cuya suerte quiere servir antes, se pondrá a informarlo. Entonces él va a moverse. A su manera, a la chi- lena, que los patrones parecen no conocer todavía. De un solo empellón y mortal. El «empellón» se llamó, en México, Emiliano Zapata y sus morelen- ses; saqueó, quemó, mató y repartió el suelo, todo en la misma hora. Los patrones deberían poner la mejor cara a las leyes agrarias que lleguen al Congreso, los patro- nes que forman parte del Congreso y los que que- dan afuera, y que manejan opiniones de prensa y de círculos. Es la ocasión de que un país de Amé- rica legisle sin anticipo de sangre, y sin urgidura caliente de revuelta, sobre el problema perversa- mente postergado de la propiedad rural. Que no
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