La palabra maldita y otros escritos urgentes

72 73 cerca como un jabalí; parcela y riega a la vez; abre los bancos y las cajas agrarias, oye al campesino en su exigencia de poseer el suelo, tan natural como el gozo de la respiración o de la marcha. Cuando esta gente de ojos abiertos nos llama bárbaros, porque no estudiamos latín o porque no bebemos té, no tienen razón; la tienen, ¡y de qué tamaño!, cuando se ríen de nuestras democracias con mil propie- tarios por millón de habitantes. Yo me reiría con ellos si no tuviera que oírlos el corazón mordido de cólera, porque dicen primarias verdades. La noticia que me llega de Chile sobre una acción agraria decorosa y salvadora, me endereza de un gozo que no sé decir. Escribirme contándome que mi madre se ha puesto joven y fuerte no me llenaría de mayor complacencia. El contarme que ha brotado petróleo a lo largo del país, a cada diez kilómetros de la costa, me exaltaría menos. Por- que un pozo de nafta brota porque sí, por antojo de la geología, y una ley agraria nace cuando en un pueblo madura la conciencia, se permea de equi- dad, se enmiela y se abre como la granada noble. Hace seis años yo mandé a Chile mi primer artículo sobre la reforma agraria en México. Desde entonces, y sin hacer artículos de especialidad que no sé escribir, he dicho cada vez que he podido mi aborrecimiento de nuestro feudalismo rural, con- tando qué hombre completo —con suelo, con casa, con educación agrícola, con sensibilidad para la extensión verde—me he encontrado en mi camino, que no hago cantando como creen, sino mirando, hecha entera ojo para los míos, ojo chileno, que ve neto y mira sin pestañeo. Siete años hace que yo leo y oigo de Chiles nuevos, volteados desde las entra- ñas, dicen, para la rectificación valerosa de nuestros reumas de rutina colonial y nuestros abscesos de corrupción republicana. Yo no he entendido detrás de tanta sonajera necia sino un mejoramiento de la clase media, la más herida de nuestras tres cas- tas hindú-chilenas... La campesina no hablaba ni contaba en los meetings de seis horas o de tres días, que venimos oyendo y sufriendo hace siete años. ¿Dónde estaba? Haciendo lo que comen y beben las otras: los trigos de Angol, tan dulces en nues- tras colinas, y los vinos de Aconcagua, cuyo buen

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