La palabra maldita y otros escritos urgentes
70 71 en cambio, es la lealtad misma; yo no sé darle en el viejo amor fuerte que le tengo mejor nombre que ese de leal. Los Brasiles y las Venezuelas ya pueden descuidar un poco la piel vegetal, porque la tienen grande y hasta debe darles un bostezo de fatiga: llano, más llano; y bosque más selva. Porque nosotros poseemos un mínimo del enorme reparto forestal que es la América, esta- mos destinados al cuidado meticuloso del suelo, a una cultura ejemplar, fina hasta el preciosismo vegetal, en la que han acabado los países peque- ños, las Suizas y las Bélgicas. Que la Argentina defienda, si puede, su latifundio como un estado natural que le crea la generosidad geográfica. Yo digo si puede, porque el legítimo rezongo contra el latifundio también ha empezado allá. Nosotros, el Chile angustiado de suelo, mitad roca volcánica, un tercio desierto, sin más tierra verdadera que el llano central, no puede seguir viviendo el latifun- dismo sino como despreocupación inconcebible o como amparo deliberado de un régimen bárbaro. Yo no necesito hablar de Francia, la bien par- celada, especie de pulido dominó verde y dorado de granjas, que ya había dividido en buena parte su suelo antes de la gran revolución. En otros artí- culos ya he alabado con legítimo superlativo este país que un alemán llama «de los sesenta millones de propietarios rurales». De otros lados renguea la democracia francesa, no de este. El «pueblo de la razón», que no se casa con el absurdo en nin- gún aspecto, y cuyo carácter individualista pone marca a todas sus cosas, no podía vivir el absurdo de un campesinado sin predio, lechero sin pra- dera, vendimiador sin viñedo ni productor de fre- sas sin huerto. Pero si Francia comenzó hace 200 años (500 dicen otros), la Europa la ha seguido. Acabo yo de leer una bella obra sobre la reforma agraria en Europa, y salgo de esa lectura reconfortante con una enorme humillación respecto de la América. Desde la España feudal (que dicen) hasta el límite amarillo, pasando por la Rumania de las dictaduras y por la Italia fascista, con que nuestros conserva- dores alharaquean tanto, la Europa entera divide la tierra legalmente, sin revolución, sin pujos marxis- tas sino en Rusia; decapita el feudo, lo hostiga, y lo
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