La palabra maldita y otros escritos urgentes

72 cerca como un jabalí; parcela y riega a la vez; abre los bancos y las cajas agrarias, oye al campesino en su exigencia de poseer el suelo, tan natural como el gozo de la respiración o de la marcha. Cuando esta gente de ojos abiertos nos llama bárbaros, porque no estudiamos latín o porque no bebemos té, no tienen razón; la tienen, ¡y de qué tamaño!, cuando se ríen de nuestras democracias con mil propie- tarios por millón de habitantes. Yo me reiría con ellos si no tuviera que oírlos el corazón mordido de cólera, porque dicen primarias verdades. La noticia que me llega de Chile sobre una acción agraria decorosa y salvadora, me endereza de un gozo que no sé decir. Escribirme contándome que mi madre se ha puesto joven y fuerte no me llenaría de mayor complacencia. El contarme que ha brotado petróleo a lo largo del país, a cada diez kilómetros de la costa, me exaltaría menos. Por- que un pozo de nafta brota porque sí, por antojo de la geología, y una ley agraria nace cuando en un pueblo madura la conciencia, se permea de equi- dad, se enmiela y se abre como la granada noble.

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