La palabra maldita y otros escritos urgentes

71 de granjas, que ya había dividido en buena parte su suelo antes de la gran revolución. En otros artí- culos ya he alabado con legítimo superlativo este país que un alemán llama «de los sesenta millones de propietarios rurales». De otros lados renguea la democracia francesa, no de este. El «pueblo de la razón», que no se casa con el absurdo en nin- gún aspecto, y cuyo carácter individualista pone marca a todas sus cosas, no podía vivir el absurdo de un campesinado sin predio, lechero sin pra- dera, vendimiador sin viñedo ni productor de fre- sas sin huerto. Pero si Francia comenzó hace 200 años (500 dicen otros), la Europa la ha seguido. Acabo yo de leer una bella obra sobre la reforma agraria en Europa, y salgo de esa lectura reconfortante con una enorme humillación respecto de la América. Desde la España feudal (que dicen) hasta el límite amarillo, pasando por la Rumania de las dictaduras y por la Italia fascista, con que nuestros conserva- dores alharaquean tanto, la Europa entera divide la tierra legalmente, sin revolución, sin pujos marxis- tas sino en Rusia; decapita el feudo, lo hostiga, y lo

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